Hª EDAD MODERNA de España: Felipe II (1556-1598). Su personalidad y formación. Los problemas internos. Los problemas externos y la lucha contra el turco

En la presente entrada (y en la siguiente también) vamos a ver el gobierno del monarca católico Felipe II (1556-1598) 


1 La “leyenda negra” felipense. Su vida y personalidad 


Felipe II ha sido uno de los personajes históricos más discutidos. Ya en su época era criticado por sus enemigos y también por algunos católicos debido a su política antiprotestante y defensora de la Iglesia católica, además de ser el monarca de un inmenso imperio. 

Se le hizo responsable de los horrores de la Inquisición, del exterminio de los indios americanos y de sus enemigos políticos, del envenenamiento de su tercera mujer (Isabel de Valois) y hasta de la muerte de su heredero, el príncipe Carlos. Y todo ello debido a textos como el de fray Bartolomé de las Casas (reeditado por los holandeses en 1578 con ilustraciones inventadas), el del capellán calvinista de Guillermo de Orange (traducido a diversas lenguas como justificación de la rebelión en los Países Bajos), y las acusaciones de su secretario Antonio Pérez en 1592 una vez que había huido a Francia. 
Esta leyenda negra fue mantenida por la propaganda antiespañola y anticatólica durante el siglo XVII, leyenda basada en exageraciones, calumnias e invenciones que se extendía a las ideas y actos de sus súbditos. En el siglo XIX la ilustración, el liberalismo y el romanticismo personificaron en Felipe II los tópicos que se combatían en ese siglo. 
El estudio de los antiguos archivos aportan una nueva imagen del monarca, gracias a la publicación de cartas dirigidas a sus hijas desde Portugal donde se muestra un Felipe II cariñoso. Estudios recientes, principalmente de historiadores británicos como Elliot, Thompson y Parker han rehabilitado su personalidad y su obra de gobierno, resaltando su sentido de la justicia y su coherencia política.

Hijo de Carlos V y de Isabel de Portugal, nació en Valladolid el 21 de mayo de 1527, quedó huérfano de madre con tan solo doce años de edad y, debido a las ausencias de su padre reclamado por las exigencias de gobierno, fue educado por sus maestros Juan Martínez Silicio y Juan de Zúñiga, de una manera esmerada pero severa y rígida, lo que influyó en la forja de un carácter introvertido y serio. Amaba la vida al aire libre, la naturaleza, la caza y el coleccionismo de animales. Implantó la moda de los jardines a la flamenca, reunió la mayor biblioteca privada de occidente con más de 14.000 volúmenes, y fue un gran lector de los clásicos y de obras religiosas. También le gustaba la pintura flamenca y fue mecenas de las artes plásticas y de la música (excepto el teatro, que desaprobaba); coleccionó planos, monedas, medallas, relojes, instrumentos musicales, armaduras, etc...
Felipe II - Imagen de dominio público
Su profunda religiosidad personal maduró con los años, las desgracias familiares y las dificultades del gobierno. Su preocupación como monarca cristiano fue la administración de la justicia y el mantenimiento de la paz, permitió la independencia de los tribunales aunque, en casos como los de Montigny y de Escobedo, la ejerció personalmente ante el peligro de su soberanía. 
El providencialismo (que compartían tanto europeos como españoles) le impulsó a esperar los éxitos y temer los fracasos que el cielo dictase, y para obtener el favor de éste era necesario una estricta moralidad personal y social. Un cierto mesianismo acabó por impregnar la conciencia del rey y de los españoles, quienes interpretaron que el descubrimiento de América y el verse libres de la herejía era claro ejemplo de la elección del monarca español para la misión de evangelizar el orbe y recatolizar la Europa protestante. 

Su formación política fue, por un lado, obra de su padre que le dejó instrucciones por escrito en 1543 y en 1548; por otro lado, sus dos viajes completaron su formación política e ideológica, uno de ellos por Europa en compañía de su padre (entre 1548 y 1551 por Italia, Alemania y los Países Bajos), y el segundo a Inglaterra (en 1554 para casarse con María Tudor) y a Flandes, donde permanecería hasta su vuelta a España en 1559. 
Su reinado de casi medio siglo comenzó con las abdicaciones de su padre de 1554 a 1556. Carlos V hizo todo lo posible para que Felipe II fuese elegido emperador pero su condición de católico le valió la oposición de los príncipes alemanes e, incluso, contó con la animadversión de su propia familia. 

Sus dos primeros matrimonios (María Manuela de Portugal y María Tudor) fueron por razones de estado, los otros dos matrimonios (Isabel de Valois y Ana de Austria) le proporcionaron cierta felicidad. De sus ocho hijos vivos sólo le sobrevivieron tres, mantuvo una especial relación con las dos hijas que tuvo con Isabel de Valois (Isabel y Catalina). No tuvo oportunidad de educar en la práctica del gobierno a su heredero (Felipe III), como si hizo su padre con él. 


2. Problemas internos: el asunto de Antonio Pérez y las alteraciones de Aragón 


Su gran capacidad de trabajo le permitió tener una forma de gobernar muy personal, todos los asuntos pasaban por sus manos por lo que permanecía en su despacho muchas horas al día e incluso de la noche leyendo papeles que le llegaban de todo el mundo y que era necesario despachar. 
Además del Consejo de Estado, Felipe II contaba con personajes de su confianza como el tercer duque de Alba (Fernando Álvarez de Toledo), el portugués Ruy Gómez de Silva (príncipe de Éboli), sus secretarios de estado Gonzalo Pérez, Gabriel de Zayas (ambos clérigos), y Antonio Pérez, Mateo Vázquez (también clérigo), y en sus últimos años el portugués Cristóbal de Moura y el guipuzcoano Juan de Iriáquez, que actuaron prácticamente de privados. Confiaba los asuntos a sus consejeros y recibía sus opiniones, luego el monarca resolvía, pero este procedimiento requería tiempo y las determinaciones se retrasaban demasiado, resultando a veces ineficaces o inútiles por su tardanza. 

Existían dos facciones entre los consejeros de Felipe II claramente diferenciados, por un lado la encabezada por el duque de Alba y, por otro, la del príncipe de Éboli. El monarca, debido a su carácter desconfiado, no se dejó llevar fácilmente de tales parcialidades. Promovió la administración mediante letrados, sobre todo en Castilla (preocupado por la herejía y ansioso de aplicar las reformas del concilio de Trento). 
Estos titulados universitarios eran expertos en leyes y tenían una rígida mentalidad jurisdiccional y de procedimiento, su origen social relativamente humilde limitaba las relaciones clientelares y no tenían experiencia en cuestiones políticas y de estado. Por otro lado, la nobleza de sangre sabía la flexibilidad que requiere el mando de hombres y la gestión práctica de los asuntos humanos y económicos ligados a la guerra, además gozaba de una autoridad social indiscutible y de influencia sobre las ciudades, provincias y reinos de donde procedían. Debió pues mantener un equilibro entre estos dos grupos, que podían representar a la “jurisdicción” frente al “gobierno”. Diego de Espinosa (presidente del Consejo de Castilla e Inquisidor general) impulsó paulatinamente la definición de las instituciones de la corte (1583). Los Consejos fueron dotados de ordenanzas que regularon su funcionamiento y se fueron llenando de letrados. Las grandes cuestiones de gobierno se estudiaban en juntas restringidas de ministros (a pesar del desarrollo de los consejos) como la “Junta de Noche”, creada en 1585 que eclipsó al Consejo de Estado (todo este asuntos de los Consejos ya los vimos en entradas anteriores). En el reinado de Felipe II quedaron instituidos los consejos (hasta un número de trece profundamente remodelados, delimitando su jurisdicción para evitar interferencias pero sin lograrlo del todo), juntas y secretarías que rigieron durante la época de los Austrias. Los fueros y privilegios de los reinos que constituían España impidieron la centralización que el monarca deseaba para un buen gobierno.

Antonio Pérez (secretario de estado de 1567 a 1579) fue un hombre de cuidada formación universitaria y notable inteligencia, poseía un amplio conocimiento de los asuntos de estado (principalmente en lo relativo a la política internacional). Estas características le sirvieron para ejercer una gran influencia sobre el rey, su posición le permitió entablar una estrecha relación con la nobleza y el alto clero. Antonio Pérez se adscribió a la facción del príncipe de Éboli y, muerto éste en 1573, intentó controlar dicha facción para acrecentar su propio poder. Comenzó a interferir en temas de gobierno y ordenó el asesinato de Juan de Escobedo (consejero de don Juan de Austria) en 1578, tras convencer al monarca amparándose en la razón de estado, aunque parece que también existían razones personales que el rey desconocía. Felipe II le relevó e inició contra él un largo proceso por corrupción y doble juego y fue puesto en prisión. 
Hasta 1585 el rey actuó con cautela al estar Pérez en posesión de documentos comprometedores. Por lo que se sabe de su proceso, estuvo plagado de irregularidades que salpican de lleno al soberano. A partir del último año la presión creció y tuvo que huir a Aragón en 1590 (tras fugarse de la prisión), acogiéndose a los fueros y a la protección del “justicia mayor de Aragón” (juez nobiliario del reino aragonés y máximo garante de sus fueros). A la vez que en Madrid era condenado a muerte, en Aragón se ponían en marcha todo tipo de mecanismos para frenar el proceso abierto en sus tribunales, como fórmula de enfrentamiento con la corona.
Antonio Pérez siendo liberado por el pueblo aragonés - Imagen de dominio público
El rey utilizó entonces el tribunal de la Inquisición para condenarlo y evitar los problemas de los fueros, ya que la Inquisición era la única institución que podía moverse en todos los reinos. Las revueltas que siguieron en apoyo del antiguo secretario de estado (una nueva fase de las denominadas “alteraciones de Aragón”), fueron aplastadas por el ejército real. Antonio Pérez huyó entonces a Francia, y los desórdenes concluyeron con la ejecución de sus partidarios más significativos (el “justicia” Juan de Lanuza y algunos “caballeros de la libertad”). Fue dictado un amplio perdón. Felipe II aprovechó para, en las cortes de Tarazona de 1592, recortar algunos privilegios del reino de Aragón que compaginaban mal con un gobierno real autoritario, y consiguió el derecho del rey a nombrar un virrey extranjero, además consiguió que el cargo de “justicia” dejó de ser vitalicio, y se reforzó la autoridad del rey. También se puso una guarnición en el castillo de la Aljafería de Zaragoza, que más tarde sería retirada por Felipe IV como símbolo de reconciliación. 

En todos los reinos de la Monarquía crecieron las tensiones políticas que generaron conflictos menores, sobre todo en las décadas finales del reinado. Fueron reacciones muy concretas relacionadas con cuestiones jurisdiccionales particulares, generadas por la incoherencia del propio sistema y desencadenadas por las nuevas formas de gobierno, las crecientes necesidades bélicas o por circunstancias internacionales. El autoritarismo absolutista que convenía al rey chocaba con el foralismo que interesaba a las élites de los reinos: incidentes del virrey con la Generalitat en Cataluña, bandolerismo en Aragón, resistencia a la presión fiscal en las Cortes castellanas y conatos de restitución de sus realezas en Nápoles, Portugal y Navarra. 


3. Los problemas externos de Felipe II


Los vastos territorios que Felipe II tuvo que gobernar se articularon en torno a España y a su capital, que a partir de 1561 sería Madrid. La preeminencia de la Monarquía Hispánica con Felipe II fue debida al eclipse temporal de Francia, desgarrada por continuas guerras internas. 

En Italia aprovechó la ausencia francesa para imponer su autoridad, pues ya poseía el Milanesado, Nápoles, Sicilia y Cerdeña. La mayoría de los otros estados italianos aceptaron el poderío español. Sólo la república de Venecia trató de conseguir alguna libertad de acción acercándose al papado y al ducado florentino de Cosme de Médicis, al cual el papa Pío V le concedió el título de gran conde de Toscana. El ducado de Saboya estuvo gobernado por el fiel Manuel Filiberto, aunque su hijo y sucesor, el astuto y ambicioso Carlos Manuel (casado con la infanta española Catalina Micaela en 1585), se mostró independiente de las directrices españolas. Los Papas, exceptuando a Paulo IV y Sixto V, mantuvieron buenas relaciones políticas con Felipe II, aunque procuraron moderar el poder que este ejercía en Italia. El monarca español les brindó una ayuda inestimable para la terminación y ejecución de los decretos del concilio de Trento. 

La “manzana envenenada” que le dejó su padre y que constituiría una de las mayores preocupaciones de Felipe II fue los Países Bajos, lejanos y rodeados de territorios enemigos y situados en una zona que sería tremendamente conflictiva. El predominio español se basaba en el poderío militar de los tercios que estaban compuestos por piqueros y mosqueteros, donde se mezclaban soldados veteranos y bisoños que durante la primera mitad del siglo XVI habían adquirido fama de invencibles. Unos 50.000 o 60.000 españoles sirvieron en los ejércitos del rey, el grueso de las tropas, especialmente la caballería, estaba formado por mercenarios extranjeros (valones, italianos, alemanes y suizos), cuya efectividad en combate dependía de que fueran pagados a tiempo, de otro modo recurrían al motín y al saqueo. El retraso del pago de las soldadas perjudicó los éxitos logrados militarmente e indispuso a los españoles con los autóctonos, ya que se produjeron casi 40 motines organizados por el ejército que luchaba en los Países Bajos entre 1572 y 1598. 

Otra de las grandes debilidades del imperio de Felipe II consistía en que se trataba de un imperio disperso, cuyo apropiado gobierno y defensa exigían un dominio de las distancias, algo imposible entonces. El correo oficial tardaba unos 15 días entre Madrid y Bruselas (cruzando Francia), por mar podía ser más rápido pero incierto debido al gran número de corsarios (franceses, ingleses y holandeses), sobre todo a partir del reinado de Felipe II, debido a las nuevas técnicas de construcción naval de holandeses e ingleses. En el Mediterráneo, gracias a su gran movilidad, los piratas berberiscos entorpecían la navegación entre los puertos levantinos e Italia. Por lo que tomó gran importancia el “camino español” entre Milán y los Países Bajos, utilizado por primera vez por el duque de Alba en 1567.
El llamado "Camino español" - Imagen de dominio público
Felipe II fue un monarca conservador que trató de mantener en paz su imperio, las guerras en las que se vio implicado fueron en defensa propia o de la religión, excepto el caso de Portugal por su gran importancia estratégica y del que se consideraba legítimo heredero. 


4. La lucha contra el turco en el Mediterráneo y los moriscos españoles


Era necesario para Felipe II asegurar la navegación entre España e Italia por lo que intentó recuperar plazas perdidas y nuevos enclaves que los reyezuelos berberiscos mantenían con la ayuda del sultán turco. Desde sus lugares estratégicos de la costa musulmana estaban al acecho del paso de los navíos para asaltarlos e, incluso, realizaban “razzias” en la costa española para robar y capturar personas por las que exigían rescate o vendían como esclavos en los mercados de oriente. 

En 1560 se tomó la isla de Gelves para preparar el asalto a Trípoli, cuyo reyezuelo llamó al sultán turco en su ayuda. La flota del sultán llegó desde Constantinopla cogiendo por sorpresa a los españoles que, presas del pánico, corrieron a la desesperada a sus galeras. Los 6.000 soldados que quedaron en tierra resistieron dos meses antes de rendirse debido al hambre y la sed. Esta derrota sirvió como lección al monarca español que promovió la construcción de galeras en los arsenales de Nápoles, Sicilia y Barcelona con la ayuda de un impuesto pagado por el clero, concedido por el papa como un suplemento del de la cruzada. Pronto pudo contar con una poderosa flota de galeras para la defensa de las costas españolas e italianas. 

En 1563 se frenó el ataque de los berberiscos de Orán y Mazalquivir, en 1564 se conquistó el peñón de Vélez, excelente refugio de los corsarios que operaban entre Orán y Tánger. Los turcos atacaron la isla de Malta en mayo de 1565, sitiando la fortaleza de los caballeros de San Juan con más de 23.000 hombres. Los cristianos resistieron hasta la llegada del virrey de Sicilia que levantó el asedio, hecho que fue celebrado de forma especial en toda la Europa cristiana. 

En 1566 murió Solimán y le sucedió Selim II, menos belicoso y preocupado por otros enemigos, por lo que se produjo una relativa calma en el Mediterráneo. La rebelión en los Países Bajos reclamó cuantiosos recursos, por suerte Selim II estaba involucrado desde 1567 en una campaña en Hungría en la que tuvo grandes pérdidas, y firmó una tregua de ocho años con el emperador Maximiliano II. 
Dominios de Felipe II
(Autor foto: Tyk Fuente: wikipedia)
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El fracaso de la cristianización de los moriscos, junto a la sospecha de que apoyaban a los piratas berberiscos en sus “razzias” y con armas, provocaron que el Inquisidor mayor Diego de Espinosa promulgara en 1566 un edicto donde se les imponía una serie de medidas asimilatorias, medidas que provocaron una insurrección el día de Nochebuena de 1568 en las Alpujarras y en la costa. Establecieron relaciones con los berberiscos del norte de África, particularmente con los de Argel. 
La rebelión cogió por sorpresa a las autoridades granadinas que apenas contaban con las milicias locales, faltas de entendimiento a causa de cuestiones jurisdiccionales y de intereses particulares. La revuelta se convirtió en una guerra de emboscadas donde, debido a lo agreste del terreno, llevaban toda la ventaja. Los moriscos profanaron iglesias y asesinaron sacerdotes, hasta que en 1570 fue nombrado don Juan de Austria jefe de las tropas venidas de Italia, Murcia y Valencia. Él aplastó a los rebeldes, y aplicó una política de deportaciones y expulsiones muy dura, de hecho unos 150.000 moriscos fueron expulsados y distribuidos por varias localidades de Extremadura, La Mancha y Castilla la Vieja, confiando a los obispos locales su cristianización. Los pueblos y tierras abandonados por los moriscos deportados fueron ocupados por inmigrantes de otras regiones, principalmente de Galicia. 

Pero el problema más grave seguía siendo el de los turcos. Cuando Pío V fue nombrado Papa, en 1566, intentó formar una nueva cruzada para luchar contra el Islam y recuperar los santos lugares, dándole forma de Santa Liga con España, Francia, Venecia y la Santa Sede. En un principio Felipe II fue reacio a la oferta a causa de la guerra en los Países Bajos y la revuelta de los moriscos en Granada, tampoco Venecia quería arriesgar sus buenas relaciones con los turcos para mantener su comercio en el Mediterráneo oriental, y Francia incluso había pactado años antes una alianza con el sultán, por lo que no le interesaba romper las buenas relaciones.
La persistencia del papa dio sus frutos y, tras la toma de Túnez por el rey de Argel y la invasión de Chipre en 1570, Felipe II asintió en participar con la condición de que él debería nombrar al jefe de la Liga, ya que España contribuía con la mitad de los barcos y tropas, mientras que Venecia y la Santa Sede sólo aportaban un sexto cada una. Fue elegido comandante general don Juan de Austria que, con tan solo 22 años, se había distinguido en el levantamiento de los moriscos granadinos. 

La flota de la Santa Liga estaba compuesta por casi 300 barcos y unos 80.000 hombres, de los que unos 50.000 eran marineros y remeros, la flota turca tenía fuerzas similares aunque ligeramente superiores. Ambas se encontraron en el golfo de Patrás, Lepanto, venciendo los cristianos que apresaron la tercera parte de la flota sarracena. Esta gran victoria no tuvo mayores consecuencias al no proseguirse la lucha, ni intentar reconquistar Constantinopla y Jerusalén como era el objetivo de Pío V. Los cristianos se separaron, cada uno siguiendo sus propios intereses y finalmente Venecia, para salvaguardar sus intereses comerciales en el Mediterráneo oriental, firmó de forma unilateral en 1573 un humillante tratado de paz donde renunciaba a Chipre y los territorios perdidos en Dalmacia, y devolvía a los turcos las plazas perdidas en Albania y pagaba una cuantiosa indemnización, éste fue el fin de la Santa Liga.
Representación de la batalla de Lepanto - Imagen de dominio público
La pérdida de Túnez y la Goleta en 1574 y la marcha de los acontecimientos en los Países Bajos,,hicieron que Felipe II perdiera interés por el norte de África. Acuciado por la falta de dinero y la imposibilidad de tener ambos frentes abiertos, buscó la alianza con el turco, no por cauces diplomáticos ordinarios sino a través de intermediarios italianos en 1578.

¡Feliz Sábado! - Hacer historia, aprehender la historia, aprendes la historia
10/Septiembre/2016

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