Hª EDAD MODERNA de España: la Guerra de Sucesión a la corona española. Habsburgos vs Borbones

Los graves problemas comienzan el 1 de noviembre de 1700, cuando muere Carlos II, el último monarca de la casa de Austria, sin descendencia. Hacía mucho tiempo, antes de su muerte, que ya se sabía por lo que todos querían arreglar la solución a su favor, ya que la herencia española era un asunto importante por las dimensiones de sus dominios. El candidato a ser monarca español debía de reunir dos condiciones: ser católico y estar emparentado con la Casa de Austria.
Mapa de Europa en 1700
(Autor foto: Rebel Redcoat Fuente: wikipedia)
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1. Las causas de la Guerra de Sucesión (1700 - 1701)


La elección se dio lugar en el 1699 y el elegido fue José Fernando de Baviera, nieto de una hermana de Carlos, Margarita, que se había casado con el emperador Leopoldo I. La elección es una consecuencia del Tratado de Reparto firmado entre Luis XIV y el Imperio en 1668, que calmaba a las potencias marítimas las cuales querían evitar un engrandecimiento de Francia pero intranquilizó a la Corona española, contraria al desmembramiento de su territorio. 
Francia, cuando tuvo más poder aún pactó con las potencias marítimas otro Tratado de Reparto, en el que ella salía más beneficiada, pero con la muerte del heredero en 1699 todo dio un cambio inesperado. Había dos candidatos cercanos: 
  1. El archiduque Carlos (conocido como Carlos III de España), de la casa de Austria, hijo de Leopoldo I y de su segunda esposa, Leonor de Neoburgo, hermana ésta de la reina de España. 
  2. Felipe, duque de Anjou, nieto de otra hermana de Carlos, casada con Luis XIV. 
Ambos planteaban problemas pues cabía la posibilidad de que acabasen reinando sobre los territorios de sus respectivas herencias dinásticas, lo que llevaría a la unión de la Monarquía Hispánica con una de ellas, creando así un enorme poder político. Las potencias marítimas apoyaron al archiduque Carlos y realizaron un nuevo Tratado de Reparto que cedía más territorios a Francia.
Este tratado de reparto llevó a Carlos II de España a hacer un nuevo testamento, justo un mes antes de que falleciera. En dicho testamento el elegido o beneficiario a sucederle era Felipe de Anjou, dejando claro en éste que la herencia que recibiría el francés sería completa, sin desmembramiento del territorio español, y que tendría que renunciar a la sucesión de Francia, aunque el prestigio y el ejército de su abuelo le ayudaran a mantener su herencia contra sus enemigos.
Luis XIV de Francia - Imagen de dominio público
Cuando la noticia llegó a Francia, Luis XIV de Francia dudó en aceptar este testamento, puesto que sabía que su aceptación llevaría a una guerra. Aún así, se sintió seguro y aceptó, tras lo cual mandó tropas a los Países Bajos Españoles y al norte de Italia para tomar posiciones ante la inminente guerra que él sabía que se avecinaría. Los Países Bajos independientes, Inglaterra y Austria formaron en 1701 la Gran Alianza, a la que se unió posteriormente Saboya y Portugal, y esta Gran Alianza declararó la guerra a Francia y España en mayo de 1702. 


2. Felipe V de España. La Guerra de Sucesión: los primeros años (1701-1706)


Felipe V se dirigió a España animado por su abuelo Luis XIV. Él entró en Madrid el 18 de febrero de 1701, unos meses antes de cumplir 18 años y formó gobierno en torno a un Consejo formado por el cardenal Portocarrero, el embajador francés, el arzobispo de Sevilla y el Secretario del Despacho Universal. Sus primeras acciones de gobierno iban dirigidas a la economía y buscaban la mejora de los ingresos y el fomento de la industria, aunque algunos nobles y administrativos fieles a la casa de Austria fueron alejados de la corte. 

En mayo de 1701, las Cortes de Castilla y León juran a Felipe como monarca, a esto se suma que había un clima de euforia popular. Se acogió bien al nuevo y joven monarca, ya que su juventud traía esperanza a la población que había sufrido mucho en los últimos años, y ciertamente el contraste era grande si lo comparamos con el enfermizo y decrépito Carlos II en su juventud. Por otra parte, el archiduque Carlos, se había autoproclamado rey de España como Carlos III (aunque se proclamó a finales de 1700). Esto abriría el conflicto.

El primero de los grandes asuntos de estado para Felipe V, fue como no podía ser de otra forma, la boda del monarca. La elegida fue María Luisa Gabriela de Saboya, hija del duque de Saboya, de 13 años pero de una gran madurez como demostró en su etapa de regente. El viaje de Felipe hacia tierras catalanas y extrapeninsulares en busca de su esposa tuvo tres sentidos: 
  • Fue un viaje personal, dado que suponía conocer a su nueva esposa y reina. 
  • Fue un viaje constitucional, para conocer los territorios aragoneses y jurar los fueros aragoneses y catalanes. 
  • Viajar hacia Italia para jurar los fueros de Nápoles y visitar el frente de Milán 
En su viaje a Italia pudo constatar la enemistad que le profesaba el Papa Clemente XI, y también su suegro, el duque de Saboya, pues la unión matrimonial no había dado los frutos esperados de unir Saboya a la Corona española.

Al poco de llegar a Milán el rey se unió a la batalla donde llevaban ya un año luchando las tropas francesas (de parte de Felipe V) y las austriacas (de parte de Carlos III), en principio con ventaja de las últimas, ya que los austríacos se negaban a aceptar al Borbón en el trono español. Pero el relevo del mando del ejército francés, que recayó en Vendôme, al que se unió Felipe, cambió la suerte de la guerra en Italia, y las victorias de Santa Vittoria y Luzzara, despejaron el miedo de perder el Milanesado. En ambas batallas participó el monarca consiguiendo popularidad y el apodo de “el animoso”, ya que su figura era totalmente contraria a la del monarca anterior (el cual nunca salió de la Península Ibérica, y casi nunca de Madrid, debido a sus enfermedades).
Felipe V de España - Imagen de dominio público
En estos años la guerra no se acercó a la Península, pero en el verano de 1702 las cosas empezaron a cambiar con los intentos de desembarco de las tropas angloholandesas en Cádiz y en el Puerto de Santa María. Fueron intentos fallidos, pero la escuadra inglesa pro-austríaca marchó a Vigo, donde tomaron varias naves españolas y metales preciosos americanos, hundiendo otras los propios españoles para que no cayeran en manos del enemigo. El Almirante de Castilla huyó a Portugal tras haberse descubierto que podía haber ayudado a los aliados, lo que desembocó en una alianza firme entre Portugal e Inglaterra, el Tratado de Methuen en 1703. 

Entretanto, Felipe había vuelto a Madrid con el fin de solucionar las disputas que se estaban dando en su gobierno, dividido en dos grupos:
  • Los españoles partidarios de la nueva dinastía francesa  
  • Los puramente franceses enviados directamente por Luis XIV a España. 
Entre los primeros estaba Portocarrero y Arias, entre los segundos la princesa de los Ursinos y los numerosos embajadores franceses. Tanta presencia francesa daba a entender que el gobierno español estaba dirigido a distancia por Luis XIV, y esto molestaba a muchos nobles. La cabecilla de los franceses era la princesa de los Ursinos, apoyada por la propia reina María Luisa. Frente a ellos estaba el partido español, capitaneado por el conde de Montellano, que defendía los intereses aristocráticos y se oponía a la fuerte influencia francesa. 
La vuelta de Felipe a la península conllevó la salida de España de la princesa de los Ursinos, que de esta forma no podía ejercer ya el mismo poder, y un incremento de la influencia de Montellano más que de Portocarrero.


A) LAS REFORMAS:
Parecía que ganaba terreno el poder de la nobleza, hasta que en 1705 volvió a España la princesa de los Ursinos, apoyada por Luis XIV. Ésta reorganiza el gabinete, uniéndose a él Orry, Amelot, el marqués de Mejorada, José Grimaldo y Macanaz. Este grupo empieza a tomar medidas, especialmente en la Hacienda, dirigida por Orry. En los primeros años los ingresos se doblaron, posiblemente por una mejor administración puesto que los impuestos no aumentaron significativamente, la Junta de Incorporación recuperó rentas reales enajenadas y la Tesorería Mayor de Guerra los canalizaba hacia el ejército. La remodelación del ejército fue otra preocupación pues ante la llegada inminente de la guerra a la península, debió organizarse y renovarse según el esquema francés: los altos cargos se le dieron a franceses, se sustituyó el sistema de tercios por el de regimientos y se modificó el armamento
También se llevó a cabo la renovación de la industria, primando la necesidad de industria de guerra, armas y textil para uniformes. Pero como los resultados de la industria no podían ser inmediatos, se potenció la ayuda francesa, no sólo de mandos sino de soldados y material. Arreglar la marina destruida en Vigo tampoco era posible a corto plazo, por lo que también serían necesarios barcos franceses, lo cual suponía una ventaja para Luis XIV al poder acceder con menos problemas a las riquezas del comercio con América. 
Por otra parte, se redujo el papel de los Consejos y se dio más importancia a las Secretarías, especialmente la del Despacho Universal. El rey, los Secretarios del Despacho y el embajador francés formaron un gabinete, que junto con los generales franceses, sería el que dirigiría la guerra. 


B) LOS PRINCIPALES HECHOS BÉLICOS:
La guerra por entonces no discurría muy bien para Luis XIV de Francia, ya que el general inglés Malborough rechazó a los franceses en la frontera de Holanda en 1704, y se acercó al Danubio para sorprender por detrás al ejército francés que intentaba sitiar el principal bastión de los austríacos en Europa: Viena. El plan del militar inglés cundió, con lo cual los franceses (y bávaros aliados) sufrieron una dura derrota. Sólo en el Piamonte consiguieron los franceses alguna que otra ventaja sobre los saboyanos en 1704, y en el verano de 1705 el general francés Vendôme consiguió frenar un ataque del príncipe Eugenio de Saboya que pretendía romper el cerco francés de Turín. Pero en 1706 el vencedor sería Eugenio de Saboya, quien con un contraataque obligó a los franceses a evacuar el norte de Italia. 
En 1706 los franceses sufrirán otra importante derrota en Ramillies, donde el ejército del inglés Malborough fortalecido con más créditos concedidos por el parlamento whig (mas partidario de la guerra que los tories) destrozó el ejercito de Villeroi. La mayor parte de los Países Bajos aceptaban como rey al archiduque Carlos III, pero estas posesiones estaban ya bajo influencia inglesa y neerlandesa, lo cual hacía casi imposible y utópico cualquier intento de reconquista de estas tierras por parte de los Borbones.
John Churchill Marlborough, almirante inglés - Imagen de dominio público
Mientras, en la Península Ibérica el conflicto iba creciendo pues la presencia del archiduque Carlos III en Lisboa (en mayo de 1704) abrió el frente portugués. Felipe V no podía tolerar la presencia de Carlos III en la península, así que organizó un buen ejército que marchó hacia Portugal, unido al ejercito que formó el marques de Villadarias en Andalucía, y refuerzos que llegaron de Francia. Este vasto ejército cosechó una gran victoria para Felipe V, ya que invadió Portugal con éxito a finales de primavera. La demostración de fuerza por parte de Felipe provocó que los aliados cambiasen de escenario de guerra y en mayo, la escuadra angloholandesa al mando del inglés y comandante naval Rooke, desembarcó tropas en Cataluña. Esta escuadra fue la que tras dejar los soldados en Cataluña, pudo apoderarse sin problemas de Gibraltar (1704), pero no lo consiguieron con Ceuta. En persecución de Rooke iba una escuadra francesa formada en Tolon, encontrándose las dos flotas frente a Vélez-Málaga donde tuvieron un duro encuentro en 1704 que obligó a retirarse a ambos. Luego en 1705 fracasaron los intentos, por mar y tierra, de recuperar Gibraltar y su posesión animó a los aliados a reforzar los ataques en Portugal, aunque en este campo sin éxito. 

En el verano de 1705, una poderosa armada angloholandesa, que llevaba a gran parte del ejército hacia Cataluña, por el camino fueron haciendo pequeños desembarcos para intentar levantar a la población a favor del archiduque, como en Denia. En Cataluña las cosas estaban preparadas de antes con el Pacto de Génova de 1705, que mostraba los intereses comerciales de la burguesía barcelonesa, la cual prefería la alianza inglesa. Al desembarcar Carlos III en las cercanías de Barcelona en 1705, el archiduque fue proclamado rey, puesto que ya contaba con numerosos partidarios
En Aragón la cabeza del archiduque era el conde Cifuentes, quien no consiguió que se le uniera Zaragoza a la causa de Carlos.
El archiduque Carlos, Carlos III de España el Pretendiente - Imagen de dominio público
Aragón por tanto se convertiría en una pieza clave por la cual lucharían ambos bandos, ya que era el camino hacia Madrid desde Cataluña. Felipe V desvió al ejército desde la frontera de Portugal para llevarlos hacia Aragón, todo ello con notable éxito, ya que en 1706 Felipe pudo poner cerco a Barcelona desde tres puntos: con sus ejércitos desde Aragón, desde el norte (en tierra de Francia), y con apoyo naval bloqueando los mares. Pero rápidamente se daría la vuelta a todo, ya que la aparición de una escuadra pro-austríaca más poderosa, y la caída de la ciudad de Alcántara en el frente portugués (a manos de los partidarios de Carlos III, plaza estratégica que abría el camino hacia Madrid) llevaron a Felipe V a levantar el sitio de Barcelona para proteger Madrid de una incursión portuguesa. 
Felipe V optó por retirarse y volver a Madrid cruzando a Navarra (a través de Francia), por esto perdió mucho terreno, y sólo Murcia aguantaba lealmente en el Levante a su favor gracias a Belluga. Felipe V llegó a tiempo a Madrid para evacuar la Corte, ya que el ejército aliado (apoyado por Austria, Inglaterra, Países Bajos y Portugal) era más poderoso, y tras la caída de Alcántara avanzaba imparable hacia Madrid. El dos de julio de 1706 fue proclamado Carlos III rey de España en Madrid. En poco tiempo, en el Mediterráneo, cayó también Murcia y Alicante en manos inglesas, por lo que estarían en poder del Archiduque. También había sido proclamado rey en Aragón. 

Pero de nuevo tenemos un revés en la guerra, y en un par de meses, los partidarios de Felipe consiguieron dar la vuelta a la situación. En Madrid, Carlos III fue “desaclamado” en un acto burlesco y la mayoría de nobles castellanos, aragoneses y valencianos leales a Felipe V, se le unieron en Guadalajara, donde el de Anjou había esperado el desarrollo de los acontecimientos. Carlos no se atrevió a enfrentarse a este ejército e intentó llegar a Toledo, donde residía la reina viuda, Mariana de Neoburgo, pero el duque de Osuna se adelantó y se llevó a la reina a Bayona. Carlos III entonces inicia la retirada hacia Valencia en septiembre. 
En octubre de 1706 la corte de Felipe V estaba restablecida en Madrid, pero las cosas no le iban tan bien a su abuelo Luis XIV. Desde entonces, a causa de sus derrotas en los frentes europeos Luis XIV buscará la paz, aún a costa de desmembrar la Monarquía Hispánica, aunque siguió prestando apoyo a su nieto Felipe V en todo momento. 


3. La segunda parte de la guerra (1707-1713). Hacia la victoria borbónica 


El año de 1707 fue muy favorable para Felipe V, se inició con la sonada batalla de Almansa, donde los aliados austracistas sufrieron una dura derrota. Murcia y Valencia quedaban aseguradas para los borbónicos, y los aliados tuvieron que abandonar Zaragoza. Al final de ese año los aliados sólo tenían en posesión Barcelona y Tarragona. Felipe V estableció en los nuevos territorios ya en su poder, los Decretos de Nueva Planta, que acabarían con los fueros locales, dando más poder a Madrid y más dinero para la guerra. 

En cambio, en 1707 y 1708 en el frente europeo los aliados pro-austríacos ganaban terreno: se hicieron con Nápoles, además Vendôme fue derrotado por el almirante inglés Marlborough en el frente de los Países Bajos, y en octubre consiguieron abrir camino hacia París. Felipe V mientras tanto, continuaba recuperando a su favor los territorios más fieles a Carlos III en el reino de Valencia, mientras que por mar la cosa no iba tan bien, pues la flota de Carlos III ocupó fácilmente Cerdeña y Menorca. Luis XIV de Francia seguía por su parte preparando una paz con Holanda, pero fracasó y al volver la guerra en verano, los franceses volvieron a ser derrotados. Los trámites para establecer la paz le exigían retirar a Felipe V de España, a lo que Luis accedió siempre y cuando Felipe estuviese de acuerdo. Pero el monarca español no iba a aceptar tal cosa, puesto que su posición en la guerra era favorable y se había tomado muy en serio eso de ser monarca español, y defendería su puesto con o sin ayuda francesa.
A Francia se la atacó desde múltiples frentes, dividiendo sus fuerzas y provocando severas derrotas a los galos
(Autor foto: Rebel Redcoat Fuente: wikipedia)
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En 1710 la situación para Felipe se volvió a tornar complicada cuando los aliados dirigieron una ofensiva desde Cataluña hasta Aragón, y el rey Felipe al mando de su ejército no conseguiría parar el ataque aliado antiborbónico. Fue una dura derrota para los borbónicos, de hecho Felipe llamó y solicitó al general que dirigía el frente español en Portugal, pero este refuerzo no fue suficiente y los aliados volvieron a tomar Zaragoza y una vez más tuvieron el paso abierto hacia Madrid, por lo que Felipe tuvo que evacuarla de nuevo. 
Carlos III, al entrar en Madrid una segunda vez el 28 de septiembre de 1710, fue recibido hostilmente y no pudo contar con la conexión con su otro ejército que tenía localizado en Portugal. Esto, sumado a las dificultades de abastecimiento en tierras tan hostiles como las españolas, le hicieron optar por retirarse. Luis XIV mandó a Vendôme desde el Rosellón, y al mando de las tropas castellanas volvió a ocupar Aragón, venciendo en Brihuega y Villaviciosa, y preparando una gran ofensiva contra Cataluña. En enero de 1711 se tomó Gerona para los borbónicos, pero el resto de este año la guerra quedó estancada, ya que se dio más una guerra político-diplomática que de armas. 
¿Por qué este parón en la guerra? Porque había muerto el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico José I, y esta muerta hacía que el trono imperial pasase al Archiduque Carlos III de España, con lo que la postura angloholandesa cambió por completo, no sólo porque en la península las cosas no iban bien, sino porque al ser Carlos elegido emperador del Sacro Imperio, si ganaba la guerra en España, uniría ambos territorios y tendría una gran potencia (como en época de Carlos I), circunstancia que los angloholandeses habían rechazado desde el comienzo de la guerra. Además, el gobierno en Inglaterra cambió, ahora gobernaban en el parlamento los tories, menos favorables de la guerra. Inglaterra retiró su apoyo al nuevo emperador en la guerra por la sucesión en España y buscó establecer la paz con Luis XIVen los Preliminares de Londres, antesala al Tratado de Utrecht de 1712. 


4. El Tratado de Utrecht de 1713. El fin de la Guerra en España 


El tratado consta de una compleja serie de acuerdos logrados en ciudades como Utrecht, Rastatt y Baden, donde se salvaron las diferencias entre los distintos países enemigos. En España, Felipe V fue reconocido como rey de España y de los territorios americanos, pero tuvo que renunciar a sus derechos en el trono francés y a la posesión de los territorios europeos: Milán, Nápoles, Cerdeña y los Países Bajos que recibía Austria como herencia de los Habsburgo. 
También los ingleses salían reforzados, ya que Inglaterra se quedaba con las posesiones de Gibraltar y Menorca, obtenía el asiento de negros (comercio de esclavos de negros) y un navío de permiso para enviar anualmente a América (es decir, al año podían mandar un navío de lo que quisiesen para comerciar con las indias españolas, aunque este tratado se violaba constantemente). Además los ingleses obtenían de Francia importantes cesiones: cedió a Inglaterra la bahía de Hudson, Terranova y Acadia, San Cristóbal en las Antillas y parte de la Guayana que pasó a manos del Brasil portugués, y en lo político debía retirar su apoyo al pretendiente Estuardo y aceptar la renuncia de sus posibles herederos en Francia al trono español.
Por su parte Saboya adquiría el rango de reino y recibía Sicilia.

El Sacro Imperio no participó en este tratado en el año de 1713 (lo hará poco después), porque vio posibilidades militares de acercarse a París pero Villars impidió que esto prosperara. Por lo tanto, Carlos III de España (ya Carlos VI del Sacro Imperio Germánico) accedió a los acuerdos anglofranceses en Rastatt, en 1714, pero no firmó la paz con Felipe V, quien a su vez no aceptó la desmembración de la monarquía. La guerra continuó en Cataluña y Mallorca pues Carlos no aceptó a Felipe como rey de España hasta 1725. Portugal también retrasó la paz con España hasta 1715 (hasta conseguir la colonia de Sacramento). 

Sin terminar por completo los combates Utrecht establece un nuevo orden europeo
  • El imperio español se liquida en sus territorios europeos 
  • Francia, muy débil, pierde su poder continental y ve mermado su imperio colonial. 
  • Los Países Bajos (Holanda), mantienen su independencia y consiguen una barrera de fortificaciones que la defendieran de futuros ataques franceses. 
  • Saboya y Prusia obtuvieron el rango de reinos. 
  • Austria, presente en los Países Bajos españoles y en Italia, obtenía un poder continental, incluso marítimo, del que había carecido siempre. 
  • Inglaterra, que consigue importantes enclaves mediterráneos y americanos, verá como sus posibilidades mercantiles crecen y aumenta su poder naval siendo la gran vencedora. 
El emperador no aceptó la renuncia al trono español, pero al negarle el apoyo inglés, las tropas no tuvieron más remedio que abandonar Cataluña en junio de 1713. Los catalanes se quedaban solos y la resistencia se mantuvo mayormente en Barcelona por la defensa de los fueros. Su asedio culminó en 1714. En Mallorca la resistencia se mantuvo hasta 1715. Tras la conquista de ambas por parte de Felipe V se establece en ellas los famosos Decretos de Nueva Planta, que eliminaba sus fueros. Los fueros fueron eliminados en todos los territorios donde Felipe no fue apoyado, en cambio, mantuvo los fueros del Reino de Navarra y el País Vasco, en agradecimiento por el apoyo prestado durante la guerra al candidato Borbón.
Europa en el año 1714, tras finalizar la guerra a gran escala(Autor foto: Rebel Redcoat Fuente: wikipedia)
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5. La Guerra de Sucesión como Guerra Civil y conflicto social 


La guerra de Sucesión en España se convirtió en un conflicto civil entre los partidarios de una u otra monarquía. En los inicios, el intento del Archiduque de atacar Castilla desde Portugal atrajo a su causa algunos nobles castellanos que no estaban a favor de la política llevada a cabo por Felipe V, aunque fueron pocos. 
Como la suerte en las armas la tuvo Felipe, el Archiduque intentó atacar desde otros puntos, y se aprovechó del descontento social existente en la Corona de Aragón, especialmente en Valencia, donde todavía quedaba rastro de la segunda Germanía. La propaganda de los aliados consiguió levantamientos populares prometiéndoles mejoras sociales, lo que funcionó en Valencia y Cataluña, añadiéndole que le tenían enemistad a Francia por las últimas guerras contra Luís XIV y de las dificultades creadas al comercio. 

Se puede decir que la Corona de Castilla defendió a Felipe y la Corona de Aragón a Carlos, pero no podemos simplificarlo tanto, pues Carlos III fue proclamado rey de España y no de uno de los reinos. Aunque el territorio que lo apoyó perdió sus fueros, sus virreyes fueron sustituidos por Capitanes Generales y se mantuvieron las tropas en ellos durante algunos años para asegurarlos. 
Dentro de Castilla había partidarios de Carlos que se encontraban entre algunos miembros de la aristocracia. La mayor parte de la nobleza y el pueblo apoyó al Borbón, algo que se vio latente en las dos incursiones del Archiduque a Madrid. Por otra parte, en Aragón había muchos seguidores borbónicos y muchos que se mostraron indiferentes. La victoria o derrota con las armas se basaba mucho en el apoyo obtenido o no del pueblo. 
La resistencia en la Corona de Aragón fue debilitándose poco a poco, a causa de que la mayor parte de la aristocracia siguió al Borbón, la ineficacia del gobierno del proclamado Carlos III, y al hecho de que el ejército aliado estaba compuesto en su gran mayoría por extranjeros

La guerra tendrá otro lado bastante oscuro. Hay que señalar el gran número de muertos por ambos bandos en el enfrentamiento directo, a los que hay que añadir los fallecidos por la enfermedades y las penurias propias de la guerra (escasez de alimento,…), que frenaron el crecimiento demográfico de Castilla. Cabe señalar también las barbaridades que las tropas cometieron contra la población civil tras la toma de varias ciudades: matanzas, saqueos, incendios de caseríos, profanaciones de iglesias (cometidas sobre todo por tropas extranjeras protestantes). 

La guerra se plantea entonces como un acontecimiento integrador vista desde una perspectiva amplia, no sólo llega una dinastía sino un cambio político y la Ilustración. Se acelerará el proceso reformista en un ambiente de esperanza y cambio, la guerra potenciará los cambios de la Hacienda, del ejército y del gobierno, aunque los demás irían a un ritmo más lento. 
El cambio que la guerra dio a España en vistas a su desarrollo fue muy favorable, puesto que existían tensiones y deseos que se saldaron con la guerra, y se abrió el camino a una nueva monarquía ya que la anterior parecía no encontrar su sitio. España deja de mirar sólo para España y se da cuenta de que después de los Pirineos existe Europa, que tienen muchas cosas de las que deberían imitar puesto que han triunfado. 

La influencia francesa fue limitada en el tiempo y en las medidas pero pronto intentó crecer la inglesa, en un escenario internacional nuevo, sin el lastre de las posesiones europeas, que permitía centrarse a la Monarquía Hispánica en la recuperación económica de España y América. Perdidas las posesiones en Europa, se perdieron también los conflictos derivados de estas posesiones, y se redujeron los gastos enormemente al no tener que mantener tropas en dichos lugares. Fue una consecuencia positiva inmediata, aunque pueda parecer paradójico.

Con el fin de la guerra una nueva dinastía se establecía en España: los Borbones. Es también este momento en el que nace España como tal, porque hasta ese momento el Reino de Aragón y el Principado de Cataluña habían tenido sus propios fueros, sus propias leyes y fronteras y aduanas con el reino de Castilla.

¡Feliz Martes! - Hacer historia, aprehender la historia, aprendes la historia
27/Septiembre/2016

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Hª EDAD MODERNA de España: el reinado de Carlos II (1665-1700). El final de su reinado

En la presente entrada continuamos (y terminamos) con el reinado de Carlos II en España. Vamos a ver la última etapa de su reinado: la década de Mariana de Neoburgo (1690-1700), llamada así por su segunda esposa, la cual usará sus influencias para intervenir en política. 


1. Mariana de Neoburgo en política


Tan pronto la reina Mariana llegó a Castilla, mostró su enemistad al Conde de Oropesa, quien dirigía la política española desde mediados de los años ochenta. Pero esta enemistad no duraría mucho, ya que la mala situación de los frentes bélicos en Flandes y Cataluña, así como la oposición del Emperador y de los cortesanos sensibles a los intereses imperiales, precipitaron la caída del conde de Oropesa en 1691 (también poco antes había dimitido el Secretario del Despacho Universal, Manuel de Lira, por idénticas causas).
En la organización política, la caída de Oropesa dio paso a una dispersión del poder que caracterizó al resto del reinado, consecuencia de la inexistencia de personalidades dentro de la aristocracia, con la capacidad y el respaldo suficiente para conquistar y mantener el gobierno de la Monarquía. Un problema agravado por las intromisiones constantes de Mariana de Neoburgo y los miembros de su camarilla, aparte del elemento de división que suponía la existencia de dos o tres opciones sucesorias. Las decisiones las tomaban quienes imponían sus criterios en los distintos Consejos, Juntas y organismos de la administración. 
En un principio, la facción más consistente era la que actuaba en el entorno de Mariana de Neoburgo, compuesta por “los alemanes de la reina” y algunos cortesanos españoles como el nuevo Secretario del Despacho Universal, Juan de Angulo, apodado “el mulo” por sus adversarios. Los intereses austriacos ejercían también en estos años una notable influencia en la corte, en su favor actuaban no sólo el embajador imperial, sino la reina madre y varios de los grandes y altos cortesanos, partidarios de una estrecha colaboración con el Imperio.
Mariana de Neoburgo a caballo - Imagen de dominio público
La falta de coordinación en el gobierno, hizo que en octubre de 1693 Carlos II aceptara una propuesta del embajador austriaco por la que los reinos de España quedaron divididos entre cuatro Tenientes Generales, todos ellos pertenecientes al Consejo de Estado, una estructura que no se consolidó. A finales de 1694, los abusos de los miembros de la camarilla de doña Mariana provocaron la reacción de los Consejos de Castilla y de Estado. 
Se estaban consolidando dos bandos distintos que se mantendrían durante todo el resto del reinado: el de los partidarios y el de los enemigos de la reina Mariana, siendo manifiestas estas diferencias en el debate sucesorio al trono. La fuerza de cada grupo y de sus personajes principales explica los diversos nombramientos y ceses. La muerte de la reina madre, en mayo de 1696, aumentó la influencia de Mariana de Neoburgo sobre el rey. 

En un clima de fragilidad gubernativa, cuando la reina y el Almirante parecían dominar la situación, la pérdida de Barcelona antes las tropas francesas hizo que se formase un triunvirato de gobierno, un gabinete de crisis ante las malas perspectivas de la guerra. Por fortuna, la paz o tratado de Rijswick (1697), firmada en septiembre, supuso la devolución casi total de las conquistas francesas, gracias a la calculada generosidad de Luis XIV (a excepción de Haití), ya que sabía que pronto su nieto Felipe (Felipe V) heredaría España, y por lo tanto devolver a España las posesiones era entregárselas a su sobrino en última instancia. 
En la primavera de 1698, la reina llamó a la corte a su antiguo enemigo el conde de Oropesa, nombrándolo Presidente del Consejo de Castilla. Las intrigas de los embajadores por la cuestión sucesoria buscando diversas soluciones, dominaban la vida cortesana e incidían en las actitudes políticas. El descontento popular por la carestía, en la primavera de 1699, proporcionó a un grupo de destacados nobles pro austriacos, la ocasión inmejorable para acabar con los principales gobernantes del momento. Pero la oposición al poder -de la reina- no respondía sólo a los intereses del Imperio, sino que aglutinó a gentes y objetivos diversos, más allá del posible alineamiento de bandos en la pugna sucesoria. 

El 28 de abril de 1699 tuvo lugar en Madrid el llamado “Motín de Oropesa” o “de los gatos”, un motín urbano de Corte que permitió a los miembros de la oposición política aprovechar el malestar popular por el hambre y la carestía en beneficio de sus intereses. Los amotinados acuden al palacio real con gritos de pan y vivas al rey, para implorar de Carlos II la rebaja de los precios, pero las protestan se desvían hacia el conde Oropesa, símbolo del mal gobierno y cabeza de turco de las iras populares, que fue desterrado a los pocos días. La vuelta a sus puestos de miembros del entorno contrario a la reina, prueba el origen político del motín: los precios siguieron altos y continuó la escasez con alborotos en otras ciudades. Los meses siguientes al motín contemplaron un pulso notable entre los “vencedores” de éste y Mariana de Neoburgo, en el que los partidarios de la reina llevaban las de ganar.
Carlos II destituyendo al conde de Oropesa - Imagen de dominio público
Al inicio de 1700, la pugna por el poder parecía reducirse a la reina, de una parte, y de otra personajes como el marqués de Leganés, o el cardenal Portocarrero, cada vez más influyente en el Consejo de Estado. El marqués de Leganés no consiguió dominar al Consejo de Estado, ni evitar la oposición de la mayoría de los otros Consejos, a la que trató de hacer frente mediante la creación de una serie de Juntas particulares. Empeñado en defender los derechos sucesorios de la casa de Austria, intentó, sin éxito, fortalecer la capacidad militar hispana, aumentando, a base de otros recortes, los recursos destinados al ejército. Incapaz de hacer cumplir sus planes y proyectos abandonó sus responsabilidades políticas. 
El personaje más influyente de estos últimos tiempos fue el cardenal Portocarrero, pues el 29 de octubre, días antes del fallecimiento de Carlos II, fue nombrado regente de la Monarquía. 


2. La cuestión sucesoria 


A lo largo de toda su vida, la debilidad de Carlos II hizo temer una muerte prematura, sin sucesión directa. Pese a sus dos matrimonios, el monarca no fue capaz de engendrar un hijo, lo que hacía prever que el trono recaería en alguno de los soberanos o príncipes europeos vinculados familiarmente a él, a través de los matrimonios de las hijas y hermanas de Felipe IV. De esta forma, la sucesión podría recaer, bien en un príncipe de la casa de Habsburgo austríaca, bien en un miembro de la casa francesa de Borbón. 

Tanto Luis XIV como el emperador Leopoldo I tenían un parentesco muy similar con el Rey de España. Las madres de ambos eran infantas españolas hijas de Felipe III y hermanas de Felipe IV, primos carnales de Carlos II. Los dos, se habían casado con infantas españolas, hijas de Felipe IV, lo que reforzaba los derechos de sus descendientes. 
En principio, la casa de Borbón tenía un derecho preferente, pues tanto la madre como la esposa de Luis XIV, Ana y María Teresa de Austria, eran mayores que sus respectivas hermanas María y Margarita, madre y esposa del emperador Leopoldo. Sin embargo, las dos reinas de Francia habían renunciado expresamente a sus derechos sucesorios a la Corona de España, por ellas y sus descendientes, aunque a cambio de sendas dotes de 500.000 escudos de oro que, al menos en el caso de María Teresa, nunca se pagaron, lo que podía servir para invalidar jurídicamente la renuncia. El testamento de Felipe IV excluyó del trono a los descendientes de su hija mayor, en beneficio de los miembros de la familia de Habsburgo. 

Para Carlos II, Leopoldo I era un pariente más cercano, pues mientras que la infanta María Teresa era hermana suya solamente de padre, y no llegó a conocerla, Margarita era su única hermana de padre y madre. La emperatriz Margarita, sin embargo, murió tempranamente en 1673, dejando tan sólo una hija, la archiduquesa María Antonia, lo que abría para el futuro una segunda posibilidad sucesoria en la línea Habsburgo, en el caso de que María Antonia tuviera herederos varones. 
Cuando ésta se casó, su padre el emperador, deseoso de asegurar su propia opción y la de sus hijos varones, la hizo renunciar a sus derechos sobre la sucesión española, ofreciendo a cambio al duque de Baviera y sus descendientes procurarle la soberanía futura sobre los Países Bajos españoles. Las pretensiones de los Habsburgo se basaban esencialmente en las renuncias de las infantas Ana y María Teresa y, sobre todo, en el testamento de Felipe IV. No obstante, dicho testamento podía ser invalidado por una disposición posterior de Carlos II, como abría de suceder de hecho. 

La opción sucesoria dependió de numerosos factores, convirtiéndose en uno de los principales asuntos de la política internacional durante las últimas décadas del siglo XVII. Dejando a un lado los derechos dinásticos, la Monarquía de Carlos II abarcaba numerosos territorios y riquezas que instigaban los deseos de expansión de las grandes potencias europeas. Por ello, Luis XIV, el gran dominador de la política europea durante estos años, promovió tres Tratados de Reparto que le sirvieron eficazmente para respaldar sus intereses en la política internacional. 

La Casa de Austria se fue desprestigiando merced a las vacilaciones y desaciertos políticos del Emperador y sus representantes, y a la impopularidad que suscitaron la reina Mariana de Neoburgo y sus “alemanes”. Pese a las cuatro guerras que mantuvo España, Luis XIV supo jugar hábilmente sus cartas y transmitió una imagen de eficacia política, como lo prueban las crecientes simpatías hacia la candidatura francesa existentes en los últimos años del reinado de Carlos II. Hay que tener en cuenta también la amenaza de la fuerza, pues las tropas dispuestas al otro lado de la frontera y los barcos preparados para intervenir jugaron eficazmente en la conciencia de los consejeros de Estado. 

El nacimiento del príncipe electoral de Baviera José Fernando Maximiliano, en 1692, a consecuencia del cual fallecería su madre María Antonia, ofrecía a los españoles un heredero que, siendo sobrino nieto del rey, no pertenecía directamente a ninguna de las dos casas reinantes en Austria o Francia. La renuncia a los derechos sucesorios hecha por su madre por exigencia del emperador no tenía validez alguna en España. Pero éste falleció en pocos años, de haber vivido, habría accedido al trono español. Desaparecido José Fernando, los candidatos se reducían a dos: el archiduque Carlos de Austria, hijo del emperador Leopoldo, y del duque de Anjou, Felipe de Borbón, nieto de Luis XIV, ambos tenían la ventaja de ser segundones, por lo que estaban alejados de la herencia austriaca o francesa. 
Felipe de Anjou, futuro Felipe V de España - Imagen de dominio público 
Aparte del desgaste que al grupo austriaco le supusieron los ya aludidos desaciertos del emperador y sus representantes, la mayoría de los miembros del Consejo de Estado se convenció de que la única opción viable para mantener la integridad de la Monarquía era la francesa. La noticia de la firma del tercer Tratado de Reparto de la Monarquía española, forzó una reunión del Consejo de Estado en la que la mayoría de los consejeros, y de forma destacada Portocarrero, aconsejó al rey que debía ofrecer la corona a un nieto de Luis XIV, único soberano capaz de garantizar la unidad de la Monarquía. 
A partir de este momento, la reina abandonó sus ambigüedades anteriores y se convirtió en decidida partidaria de la sucesión de la casa de Habsburgo. A su lado, aunque fuera del Consejo de Estado, iba a actuar el marqués de Leganés, reconciliado a la fuerza con ella. Cuando Carlos II se encontraba ya en su última enfermedad, el cardenal Portocarrero inspiró el tercer y último testamento del rey, por el que se nombraba heredero de todos sus reinos y territorios al duque de Anjou, Felipe, nieto de Luis XIV. 


3. El fin de las Cortes de Castilla y el reformismo 


Durante el reinado de Carlos II dejaron de convocarse las Cortes en la Corona de Castilla. En realidad, la situación no fue muy distinta en otros reinos pero en el caso de Castilla tuvo una significación especial, dado el peso de dicha Corona y la importancia decisiva que tenían, para la Hacienda Real, los tributos votados en las Cortes castellanas. 

El renacimiento que habían experimentado las Cortes durante el siglo XVII, a raíz de la introducción del servicio de millones, principal capítulo de la Hacienda castellana durante aquella centuria, no era tanto el de la institución en sí como el de la capacidad de negociación política de las ciudades con derecho a voto. Durante muchos años, la política regia trató de centralizar en las Cortes la maquinaria de consentimiento del reino, intentando evitar las constantes consultas de los procuradores a las ciudades. El fracaso de esta política y la necesidad de negociar continuamente con los regidores de las ciudades, hizo ver a la Corona la posibilidad de prescindir de las Cortes, en beneficio de una relación directa con cada uno de los veintiún concejos municipales de las ciudades castellanas con derecho a voto. Resumiendo: la Corona dejaría de usar un intermediario para negociar con los municipios (siendo este intermediario las Cortes de Castilla), para pasar a negociar directamente con los municipios. 
La razón por la que fue precisamente en 1667 cuando se decidió prescindir de las Cortes era el temor a que, en las delicadas circunstancias políticas de la regencia dicha asamblea pretendiera tener parte en los asuntos de gobierno. La predisposición de las ciudades a la renovación de los millones fuera de las Cortes fue la que determinó el fin de las convocatorias durante el resto del reinado. 

Las oligarquías urbanas supieron sacar ventaja de la nueva situación, pues la no-convocatoria de las Cortes suponía la congelación de la estructura impositiva en las formas y niveles de 1667, puesto que las ciudades, individualmente, sólo podían prorrogar una concesión, no realizar una nueva. En adelante, la vía casi única para obtener incrementos en las rentas de la Hacienda castellana sería el recurso a los donativos, sistema irregular, puntual y discontinuo, que impuso fuertes limitaciones al gasto regio. 

Desde hace unos años, los historiadores hemos empezado a contemplar el reinado de Carlos II como un período menos dramático y negativo de lo que se pinta. En la segunda mitad del siglo XVII hubo claros síntomas de recuperación de la crisis demográfica y económica que afectó especialmente al interior castellano, y se puede decir que algunas decisiones políticas colaboraron a mejorar la situación económica, así que puede hablarse de un reformismo que tuvo tres objetivos principales: el alivio de los pecheros castellanos, la mejora de la administración hacendística y la reducción de los gastos. Hubo proyectos duraderos, como la creación de la Junta de Comercio y Moneda en 1679, y las reformas de la moneda castellana llevadas a cabo en los años ochenta, que pusieron fin a la inflación del vellón. 
Los gobernantes de la época de Carlos II se plantearon la reforma en profundidad del complicado sistema fiscal castellano. En tiempos de Nithard, una Junta estudio la reducción de todos los tributos a un impuesto único sobre las propiedades y otras presentaron medidas reformistas que apenas fueron atendidas. En cualquier caso, durante el reinado de Carlos II no se aprobaron nuevos impuestos, si cabe, la Corona de Castilla experimentó una reducción efectiva de la carga fiscal. 
Dicha reducción buscaba la recuperación de la economía castellana y el alivio de los pecheros, pero junto a ella era necesaria una mejora de la administración y hacer más eficaz la cobranza de los tributos. En ese sentido, diferentes iniciativas reformistas se presentaron, la más importante fue la iniciada en 1683 para anular los arrendamientos existentes y proceder a un encabezamiento general del reino, de acuerdo con la capacidad económica de cada localidad. 
La Junta de Encabezamiento, presidida por el duque de Medinaceli, debía buscar una reorganización administrativa de las rentas provinciales bajo la supervisión directa de una nueva figura administrativa: los Superintendentes de Hacienda, que se creaban en cada provincia castellana. Pero, dificultades materiales y administrativas, así como resistencias de las autoridades locales y presiones de los arrendadores de impuestos, junto a la crisis debido a la gran deflación monetaria de 1680 y las malas cosechas de 1683-1684 hicieron fracasar el proyecto. Otra causa fueron los continuos enfrentamientos jurisdiccionales ente el Consejo de Hacienda y el de Castilla. 

En cuanto a la reducción de los gastos, una realización importante fue el diseño, en 1688, durante el gobierno de Oropesa, de un presupuesto mínimo para garantizar el sostenimiento de la maquinaria estatal, asignando el resto al pago de juros, es decir, a reducir la deuda pública. Durante los años noventa hubo varias supresiones de pagos, recortes y reducciones, medidas con carácter permanente y a finales del decenio, el descrédito y la devaluación de la mayoría de los juros era ya muy importante. Todos los años, desde 1669, se pusieron también en práctica diversas moderaciones de mercedes, además de recortes de sueldos, salarios y emolumentos. 


4. La situación de los otros reinos de la Monarquía


En la década de 1640 la Monarquía parecía descomponerse ante las revueltas y el malestar existente en varios de los reinos y territorios no castellanos. La causa fundamental de todo ello habría que buscarla en la guerra y en la necesidad imperiosa de recursos para mantenerla. El reinado de Carlos II fue un período más tranquilo, pues si bien hubo cuatro guerras con Francia, no se dio una situación de guerra total y continuada como la de los años 1620-1659
Ese período de posguerra permitió la recuperación demográfica, económica y social, perceptible en Castilla y en otros territorios durante las últimas décadas del siglo. La reducción del esfuerzo bélico propició asimismo una cierta distensión política, en esta época se lograron mantener relaciones más fáciles y eficaces ente la corte y las instituciones y grupos dominantes de los diferentes reinos y territorios. En el caso de Cataluña, las relaciones se basaron en unos intereses comunes claramente conservadores, ante la amenaza militar francesa y el peligro social representado por las revueltas campesinas. En las relaciones con la periferia no hubo una simple mejora, la Monarquía mantuvo sólidamente su dominio, basado siempre en un complejo equilibrio con los poderes autóctonos, cimentado sobre el patronazgo, procesos que coincidieron, curiosamente, con un período de debilidad del poder central. Pero no pueda hablarse de una política homogénea, por lo que coexisten medidas autoritarias con otras en sentido contrario. 

La política del reinado se basaba ampliamente en la negociación, lo que explica el frecuente asentimiento de las oligarquías, así como los reajustes en la distribución del poder político, económico y social que se operaron en muchos lugares durante aquellos años. Se buscaba el consenso. El caso de las oligarquías de las ciudades castellanas con voto en Cortes y la negociación directa con ellas fue uno de los más significativos. A pesar de todo, la Monarquía mantuvo importantes resortes y capacidades.
Así, durante las últimas décadas del siglo, Cataluña y otros territorios de la Corona de Aragón, como el reino de Valencia o las islas Baleares fueron escenario de tensiones campesinas, que en los casos de Cataluña y Valencia dieron lugar al levantamiento de los “gorretes” (1687-1690) y al alzamiento conocido como la segunda Germanía (1693).
Carlos II, cuadro donde se reconoce a simple vista su aspecto enfermizo - Imagen de dominio público
Pues nada más, en la próxima entrada hablaremos de la guerra de sucesión española, todos aquellos conflictos que se originaron a raíz de la muerte de Carlos II sin descendencia, ya que hubo dos bandos-dinastías enfrentados entre sí.

¡Feliz Martes! - Hacer historia, aprehender la historia, aprendes la historia
27/Septiembre/2016

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Hª EDAD MODERNA de España: el reinado de Carlos II (1665-1700). La minoría del rey. Los principales gobiernos

Con la entrada de hoy vamos a ver una gran parte del reinado de Carlos II, dejando los últimos años de su vida y el problema de la sucesión para la entrada siguiente. Con Carlos II llega a su fin la dinastía de los Habsburgo en la Península Ibérica.

El reinado de Carlos II ha sido tradicionalmente uno de los más desconocidos y olvidados de la historia de España. A dicho desconocimiento se ha unido una consideración peyorativa, algo a lo que no fue ajena la posterior dinastía que se impondría en España (Borbones). Según esta visión, la época de Carlos II era un período de profunda crisis y decadencia, en contraste con el auge imperial y la potencia de la Monarquía de España en la época de los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II. En la actualidad, se ha comenzado a cambiar dicha perspectiva y hoy existe un amplio interés historiográfico por el reinado del último de los Austrias españoles. Así han ido surgiendo nuevas imágenes menos uniformes, más contrastadas que no autorizan ya el mantenimiento de la vieja idea de que la política y la acción de gobierno fueran tan desastrosas como pudiera desprenderse de la evidente incapacidad del monarca 


1. Carlos II


Nació en Madrid, el 6 de noviembre de 1661, hijo de un ya envejecido Felipe IV, cuyos anteriores hijos, príncipes sucesores al trono habían fallecido con anterioridad. La supervivencia del vástago real fue acompañada de un desarrollo físico y mental lento, como se demostraba al no andar antes de los 4 años, edad infantil a la que ya habría de heredar el trono de su padre. 

De escasa habilidad lectora y escritora, careció de la necesaria instrucción para el ejercicio de la realeza, decisión que se atribuye a su madre y a los gobernantes de esos años. Careció de las aficiones culturales y artísticas de su padre, pero siempre guardó el sentido de la dignidad inherente a su condición de Rey. Su carácter era inconstante, inclinado al ocio, indeciso, tímido y desconfiado, arrebatado en ocasiones por ataques de cólera. Para su pesar, además, toda su vida fue dominado por las personas que estaban más cerca de él, en especial su madre y sus dos esposas. Sin embargo, este aciago perfil no le impidió ejercer la potestad regia gubernativa más veces de las que se ha pensado. Aquejado de un marcado prognatismo que le impedía masticar bien los alimentos, padeció constantes desarreglos gastrointestinales. En los últimos años de su vida, los testimonios hablan de su prematuro envejecimiento, a consecuencia de su mala salud y de las repetidas enfermedades y también de la creencia en que estaba hechizado por lo que se le realizaron exorcismo, con un claro trasfondo político.
Carlos II el Hechizado - Imagen de dominio público
Felipe IV dejó el gobierno de su reino, en las manos regentes de su esposa Mariana de Austria, mujer de 31 años, quien a pesar de ser hija de Emperador carecía de experiencia de gobierno. Para ayudarla Felipe IV instituyó en su testamento una Junta de Gobierno, con un gabinete de gobierno por encima de los consejeros, al modo de la Junta de Noche de los últimos años del reinado de Felipe II. Así, estas experiencias fijarían los límites del sistema de consejos y la necesidad de adaptarlo a la tendencia absolutista de mayor centralización y control. Es reseñable el hecho de que el monarca excluyese de dicha junta a su hijo bastardo Juan de Austria, amén de los ricos hombres de la nobleza castellana. Antes bien los representantes de la nobleza más alta fueron nobles nuevos y en casos de estirpe catalana, en una elección no demasiado afortunada. 


2. Minoría de Carlos II: el valimiento de Nithard (1665-1669)


Quizás Felipe IV deseaba alejar del poder a los individuos que podían aspirar al valimiento para garantizar la neutralidad del sistema colegial de la junta, con todo, se ganó la enemistad de los principales personajes excluidos de ella. La reina protagonizó los primeros ataques a la nueva institución con la entrada en ella, como nuevo Inquisidor General, Juan Everardo Nithard (era su confesor, austríaco, y era jesuita). 
Temerosa la reina, en especial de don Juan José de Austria (hijo bastardo de Felipe IV), intentó gobernar con la ayuda del jesuita, nombrándolo Consejero de Estado y elevándolo pronto a la privanza. Surgía un nuevo valido, atípico por cuanto no era próximo al rey ni pertenecía a la nobleza militar o cortesana, sino que era religioso. Desde el principio, se configuró una oposición a Nithard entre las filas de los grandes y miembros de la aristocracia, que fue aprovechada por don Juan José de Austria para capitalizar el descontento en su oposición a la reina y al jesuita.

Sobre Don Juan José cabe decir que fue un personaje político destacable. Nacido en 1629 de los amores entre Felipe IV y la actriz María Calderón. Recibió una cuidada educación en Ocaña con la finalidad de destinarlo a la carrera eclesiástica, siendo nombrado gran prior de Castilla y León de la orden de San Juan de Jerusalén.
Durante los últimos veinte años del reinado de su padre ocupó importantes cargos militares y políticos en Italia, Cataluña, Flandes y Portugal, aunque su prestigio no siempre se vio respaldado por el éxito. Personaje ambicioso en política y ávido de reconocimiento, en sus méritos destacan su interés por la ciencia moderna y la protección de sus cultivadores, hábil en el manejo de las armas y del caballo, era aficionado a la caza, la pintura y las bellas artes.
Juan Everardo Nithard - Imagen de dominio público
Volviendo a Nithard, hay que decir que realmente no tuvo el poder de los validos anteriores, ya que no contó ni siquiera con el apoyo de la Iglesia ni de órdenes religiosas, en especial los dominicos. En la corte, más que partidarios suyos, lo apoyaban los incondicionales de la reina y los enemigos de don Juan José, pero era apoyado por su relación con la reina, no por mérito propio. En cambio Juan José fue ganando partidarios, capitalizando a su favor el descontento de muchos personajes, sobre todo entre los miembros de la alta nobleza. 
En 1667, con motivo de la guerra iniciada con Francia por la invasión del Franco-Condado, la reina le ordenó marchar a Flandes como Gobernador General de los Países Bajos. Pero don Juan José, que veía tras dicho nombramiento el deseo de alejarle de la corte, desobedeció la orden real y fue desterrado. Poco después tras el descubrimiento de una nueva conjura contra el favorito, la junta de Gobierno ordenó su detención. 
A partir de aquí se precipitaron los acontecimientos, don Juan José huyó a Aragón y Cataluña, donde puso en marcha una amplia campaña de cartas, panfletos y acusaciones contra Nithard que dio lugar a una auténtica guerra panfletaria, con la intervención de partidarios de ambos para lograr la destitución del valido. A finales de 1668, el Consejo de Castilla se mostró dividido sobre la destitución del jesuita, pero los consejos de Aragón y de Estado votaron a favor de que se le enviase a Roma o Viena, era una manera de desterrarlo. 

En febrero de 1669, el hermanastro del rey (Juan José) inició una marcha hacia la corte acompañado por 300 caballos de escolta concedidos por el duque de Osuna, virrey de Cataluña. La inquietud en Madrid llevó a algunas iniciativas, como la del Almirante de Castilla, fiel partidario de la reina, quien en unión de Nithard trató de oponerse a la expedición. En 23 de febrero, desde Torrejón de Ardoz, don Juan envió un ultimátum a la reina exigiendo la destitución del Nithard. El 25 de febrero de 1669, la Junta de Gobierno, que consideraba intolerable esta amenaza hubo de ceder ante la presión del ambiente existente en el alcázar, redactando el decreto de expulsión del jesuita, que fue firmado por la reina. 


3. Minoría de Carlos II: la privanza de Valenzuela (1673-1676)


La caída de Nithard no supuso sin embargo el acceso al poder de don Juan, quien ni siquiera llegó a entrar en la corte. Desde Torrejón de Ardoz escribió un manifiesto, en forma de carta a la reina, en el que se hablaba de diversas medidas de buen gobierno: reducción de impuestos, igualdad contributiva, reformas de las finanzas y la administración, justa distribución de mercedes y cargos, recia administración de justicia…etc. Para poner estas medidas en práctica se creó la Junta de Alivios que, pese a su efímera existencia adoptó diversas medidas encaminadas a la reducción del gravamen fiscal, la mejora en la administración de las rentas provinciales o a la reducción del gasto público. 
Luego don Juan José aceptó en junio de 1669 el nombramiento como Vicario General de la Corona de Aragón con sede en Zaragoza.

El fracaso del intento de Juan José de acceder a la corte, contribuyó a reforzar la moral de la reina, la cual dispuso la distribución (en distintas zonas del territorio castellano), de los cinco tercios de soldados que se encontraban hasta entonces en la frontera de Portugal. Además la reina también creó en Madrid un nuevo regimiento de la guardia real, conocido como la Chamberga. La Chamberga contó con la oposición de los nobles al considerar éstos usurpadas sus funciones de defensa y custodia de la familia real.
Los años que medían entre 1669 y 1673, son tal vez los más desconocidos de la regencia, años sin valido con aumento de la colaboración entre la reina y la Junta mientras don Juan José permanecía en Zaragoza, donde trató de organizar una pequeña corte.

A comienzos de los años setenta empezó el ascenso en la corte del aventurero Fernando de Valenzuela. Éste pertenecía a un linaje hidalgo y entró en contacto con la reina merced a su casamiento en 1661 con una de sus Damas de Cámara que le valió una plaza de Caballerizo. Hacia 1673 se hablaba ya de su valimiento efectivo, pues gracias a sus confidencias e informes se había convertido en la persona de confianza de la reina, cada vez más imprescindible para ella a la hora de tomar decisiones. La influencia de quien fue apodado “el duende de palacio” se basaba más en la asunción de importantes cargos palatinos que en el desempeño de altos puestos ministeriales en consejos y organismos de la administración.
Bajo su influjo, la corte recuperó buena parte del brillo de los mejores tiempos de Felipe IV. Las fiestas cortesanas y el teatro, del que fue un protector entusiasta, contrastaban con la austeridad de los años anteriores. El nuevo valido promovió las obras públicas de Madrid. Valenzuela trató de crearse una clientela política, para la que le proporcionó una ocasión inmejorable la proximidad de la mayoría de edad del rey. Sin embargo, sólo logró lealtades ficticias y efímeras que nunca le perdonaron su humilde origen. Al parecer, Valenzuela practicó abundantemente la corrupción política, fruto de la cual fue su rápido enriquecimiento.
Fernando de Valenzuela - Imagen de dominio público
A la altura de 1673-74 estaba próxima mayoría de edad del rey (que habría de producirse al cumplir los 14 años, en 1675), lo cual proporcionó la ocasión para que salieran a la luz las oposiciones al valido. Con ocasión de la revuelta y la guerra de Mesina, apoyada por Francia, la reina madre y los consejeros de Estado e Italia trataban de enviar a don Juan José de Austria a Sicilia para alejarle de Castilla, pero éste, que esperaba la mayoría de edad de su hermanastro, se resistió de nuevo a ser alejado de la Península Ibérica. 

Valenzuela mientras fue ascendido a lo más alto de la sociedad: fue nombrado marqués de Villasierra pero tras la reunión de la Junta de Gobierno, que habría de ser la última, el Rey se negó a firmar un decreto en el que prolongaba la regencia por dos años. En realidad, había convocado secretamente a su hermanastro a palacio, anunciándole que le necesitaba para el gobierno de sus Estados y despedirse de su madre. Pero doña Mariana, alertada, permaneció reunida varias horas con su hijo, al cabo de las cuales, Carlos II envió una nota a su hermanastro en la que le ordenaba que pasara inmediatamente a Italia. Parece ser que uno de los personajes que intervino decisivamente en la resolución de la crisis fue el duque de Medinaceli, Sumillers de corps del Rey, quien poco después sería nombrado Consejero de Estado. Valenzuela fue convertido en valido del propio Carlos II, Caballerizo Mayor y Gentilhombre de su Cámara, y en otoño de 1676 fue nombrado Grande de España y al poco Primer Ministro, un cargo que suponía la culminación institucional de la figura del valido. Una cédula dispuso que todos los Presidentes de los Consejos, salvo el de Castilla, debían despachar con él lo que llevó en noviembre del mismo año a la disolución de la Junta de Gobierno.
Estas medidas configuraron un frente de oposición a Valenzuela, en el que destacaron los Grandes, indignados por la equiparación de Valenzuela con ellos. El día 15 de diciembre de 1676 una veintena de grandes, además de don Juan José, firmaron un manifiesto público en el que denunciaban la nociva influencia de la reina sobre Carlos II, pidiendo su alejamiento, además de prisión para Fernando de Valenzuela, y conservar a don Juan José junto al rey. El frente nobiliario parecía firme a favor del de Austria, pues por primera vez en la historia moderna de España, los ataques se dirigían a la misma institución de la Corona (ataques a la propia reina).

El 24 de diciembre, una junta formada por Grandes, ninguno de los cuales había firmado el manifiesto, ordenó el encarcelamiento de Valenzuela, quien huyó a El Escorial, acogiéndose a la inmunidad del recinto monacal. El día 27 Carlos II ordenó a su hermanastro que acudiera a la Corte para asistirle en el gobierno. Don Juan José inició el viaje desde Zaragoza acompañado por una escolta que se fue incrementando a medida que avanzaba y un destacamento de caballería apresó a Valenzuela. La Chamberga fue enviada a Cataluña y don Juan se postraba a los pies del Rey en el palacio del Buen Retiro. Segunda destitución de un valido por la fuerza y rechazo de la potestad regia, anulando las mercedes hechas a Valenzuela, basándose en que la potestad real no había actuado libremente. 


4. La mayoría de edad del rey (1675) y los principales gobiernos


Finalizada la Regencia, el reinado de Carlos II consta de dos etapas:
  1. El período de reformas impulsadas por la aristocracia gobernante, que coincide con los ministerios de don Juan José de Austria, el duque de Medinaceli y el conde de Oropesa, que ocupará los últimos años de la década de los setenta y toda la de los ochenta (esto es lo que vamos a ver en la presente entrada del blog).
  2. Los años noventa, en que se debilita el reformismo, pasa al primer plano el problema sucesorio, y toda la vida política se ve afectada por la intromisión constante de la reina Mariana de Neoburgo (esta parte la dejamos para la próxima entrada).
El triunfo de don Juan José de Austria lleva aparejado la consolidación de un régimen aristocrático. En la corte las instituciones fueron (junto al puesto de Primer Ministro), el Consejo de Estado, dominado exclusivamente por la aristocracia y el alto clero, las Presidencias de los otros Consejos y las principales de las numerosas juntas específicas que funcionaron en aquellos años. En el reinado de Carlos II, el Consejo de Estado fue la principal instancia colegiada de poder, junto a la Casa Real, donde la élite política desempeñaba altos puestos palatinos 


A) DON JUAN EN EL PODER (1677-1679)
Una de las primeras medidas de don Juan José fue el alejamiento de la reina madre, que fue enviada al Alcázar de Toledo, lejos de su hijo. Además se impuso vigilancia a las audiencias, lecturas y correspondencia del monarca, especialmente la que mantenía con su madre. Valenzuela, desposeído de todos sus títulos y confiscados sus bienes, fue enviado preso a Consuegra, luego desterrado a Filipinas, y los principales opositores y enemigos de don Juan José cesados en sus puestos y en muchos casos desterrados. 
La llegada de don Juan suscitó una ola de entusiasmo general. Para muchos, era el esperado salvador, un mito político. Sin embargo, sus años de gobierno coincidieron con un período de crisis y dificultades y se vieron truncados por su temprana muerte, en septiembre de 1679. El numero de enemigos y desencantados aumentó y detrás de buena parte de quienes le criticaron estaban los jesuitas. El control de la opinión era una de las principales preocupaciones de don Juan José y aparte de sancionar a los disconformes con su política, encargó la publicación de la llamada Gaceta ordinaria de Madrid, constituyendo el más antiguo precedente del periodismo oficial.
A pesar de que defraudara muchas de las expectativas, el gobierno de don Juan José tuvo aspectos positivos, adoptando algunas medidas reformistas que contribuyeron a aliviar la situación de la Hacienda, la Administración Pública y la economía castellana. Las medidas más destacadas: 
  1. Dispuso la reducción de la burocracia de los Consejos y altos organismos.
  2. Se esforzó por conseguir la honestidad administrativa y disminuir el gasto público.
  3. Puso freno a la concesión de mercedes y privilegios.
  4. Trató de impedir los abusos de los comisarios ejecutores que acudían a los pueblos a reclamar las deudas con la Real Hacienda.
  5. Trató de hacer frente al agudo problema de la inflación.
  6. Gestó una reforma monetaria puesta en práctica post mortem (en 1680). 
Su preocupación por la economía le llevó a la creación de la Junta de Comercio y Moneda, institución mercantilista, dedicada a la promoción de la producción y el intercambio de bienes, que habría de jugar un importante papel en el reformismo posterior.
En la guerra contra Francia, las tropas de la Monarquía lograron mantener el reino de Sicilia y reconquistar Mesina mientras que en el frente de Cataluña, se produjo un duro fracaso militar en el Ampurdán. Por la Paz de Nimega (1678), España hubo de entregar a Francia el Franco-Condado y algunas plazas fronterizas de los Países Bajos, aunque recuperó algunas ciudades del interior cedidas pocos años antes en la paz de Aquisgrán.
Juan José de Austria, hermanastro de Carlos II - Imagen de dominio público
Don Juan José procuró educar a su hermanastro Carlos II en las tareas reales. Una de sus iniciativas fue la celebración de Cortes en el reino de Aragón en 1677-1678, que le sirvieron no sólo para premiar a su clientela aragonesa, sino también para que el rey jurara los fueros y efectuara su viaje más largo fuera de Madrid y los Sitios Reales. El proceso de maduración y aprendizaje de Carlos II requería también su matrimonio, que permitiera asegurar cuanto antes la sucesión al trono, y a ello se dedicó don Juan José los últimos meses de su vida. 


B) EL PRIMER MATRIMONIO (1679)
Los esponsales de Carlos II habían sido preparados antes de la llegada de don Juan José de Austria al poder en 1677. El embajador imperial había postulado la candidatura de la archiduquesa María Antonia, hija del Emperador y de la fallecida emperatriz Margarita, hermana de Carlos II. Esta candidatura, a pesar de la proximidad familiar, contó con la simpatía de la reina Mariana de Austria y en 1676, tras el voto favorable del Consejo de Estado, comenzaron a prepararse las capitulaciones matrimoniales. Pero la caída de Valenzuela y la llamada del embajador a Viena dejaron en suspenso las negociaciones. 
Muchos historiadores han culpado a don Juan José de abandonar la candidatura austriaca por considerarla excesivamente cercana a los intereses de la reina madre, sin embargo, un motivo de mayor peso pudo ser la urgencia de la sucesión, dada la precaria salud del rey. Los consejeros de Estado optaron por la princesa María Luisa de Orleáns, sobrina de Luís XIV de Francia, tras la paz de Nimega de 1678, y la boda se celebró por poderes en Fontainebleau, el 31 de agosto de 1679. 
María Luisa era hija de Felipe de Orleáns y de Enriqueta de Inglaterra, hija de Carlos I, una mujer atractiva y alegre, amada por su esposo y con buena relación con la madre que no veía en ella intereses políticos.
María Luisa de Orleans, primera mujer de Carlos II - Imagen de dominio público

C) EL MINISTERIO DEL DUQUE DE MEDINACELI (1680-1685)
Meses después de la muerte de don Juan, en febrero de 1680, Carlos II nombró primer ministro al VIII duque de Medinaceli, quien además de ser el cabeza de una de las casas más poderosas y ricas de España, era Sumillers de corps desde los tiempos de Valenzuela, Consejero de Estado y Presidente del Consejo de Indias. Su acceso al rey no fue el propio del valido, pues no hubo proximidad de amistad ni de confianza con él, sino que su ascenso fue debido a intrigas cortesanas y a las pugnas de las facciones aristocráticas. 
Su política continuó el reformismo de su predecesor, siendo su principal colaborador el Secretario del Despacho universal, Jerónimo de Eguía. Medinaceli era el más cualificado de los grandes españoles, un hombre bien intencionado, pero sus intentos reformistas chocaron con una coyuntura enormemente negativa. La crítica situación de la economía castellana ocupó buena parte de la actividad de Medinaceli, quien se aplicó también al saneamiento de la Real Hacienda.

Al igual que en otros casos anteriores, su gestión del poder le fue creando enemigos ente la aristocracia, pero la principal oposición a su política fue la de la propia reina María Luisa de Orleáns. Varios franceses a su servicio fueron expulsados de la corte por diversos incidentes, lo mismo que el embajador marqués de Villars a finales de 1681, o su Caballerizo Mayor. 
Tras la pérdida de Luxemburgo, en la tercera de las guerras que enfrentaron a Francia con España, el duque descargó parte de sus competencias en uno de los personajes más valiosos de la corte, el conde de Oropesa, Consejero de Estado desde 1680, quien fue nombrado Presidente del Consejo de Castilla en junio de 1684. En abril del año siguiente, Medinaceli presentó la dimisión de su cargo tras un ataque de hemiplejía, y poco después fue desterrado.
Juan Francisco de la Cerda, VIII duque de Medinaceli - Imagen  de dominio público

D) EL GOBIERNO DEL CONDE DE OROPESA Y SEGUNDO MATRIMONIO (1684-1691)
Como ya hemos dicho, el sucesor de Medinaceli fue el conde de Oropesa. Aunque continuó siendo Presidente de Castilla y no obtuvo el título de Primer Ministro. Oropesa era hombre de talento y tenía buena formación y una destacada capacidad de trabajo. Francisco de Lira, el nuevo Secretario del Despacho Universal, era uno de los funcionarios más inteligentes y expertos. Buen conocedor de la política exterior, hablaba varias lenguas.
De la gestión del conde de Oropesa destacan sus intentos por mejorar la situación económica castellana a través del saneamiento de las finanzas, la reforma monetaria de 1686, la reforma presupuestaria de 1688 y los proyectos de reducción de la burocracia de 1687 y 1691. 
En los asuntos financieros contó con la ayuda eficaz del marqués de los Vélez, Fernando Fajardo, Presidente del Consejo de Indias y Superintendente de Hacienda. La creación de dicha Superintendencia formaba parte de una amplia reforma del Consejo de Hacienda impulsada por Oropesa y dirigida a reducir la presencia en él de hombres de negocios, en beneficio de burócratas y expertos en finanzas, una política que se había iniciado en tiempos de don Juan José de Austria y que continuaría en los años noventa.
A medida que transcurría el tiempo, el gobierno del conde de Oropesa fue encontrando también una creciente oposición por parte del Condestable, el Almirante, el cardenal Portocarrero, los duques de Arcos y del Infantado, y en especial el Secretario del Despacho Universal, Manuel de Lira. 

Pero Carlos II estaba enfrascado en otros problemas. Tras casi tres años de matrimonio con Maria Luisa de Orleans, la pareja real no había sido capaz de lograr sucesión e inesperadamente, la reina falleció el 12 de febrero de 1689. El Consejo de Estado consultó al Rey su nuevo matrimonio, inclinándose mayoritariamente por Mariana de Neoburgo, hija del elector del Palatinado, perteneciente a una familia de probada fecundidad. 
La boda por poderes se celebró en Neoburgo en agosto de 1689 pero se conocieron en Valladolid al año siguiente. Las esperanzas puestas en esta nueva reina se vieron defraudadas, pues tampoco logró la deseada sucesión, a causa de la esterilidad del rey. 
Mariana de Neoburgo -  Imagen de dominio público
El carácter de la reina la enfrentó además con la reina madre y con algunos de los personajes que habían apoyado su candidatura en el Consejo de Estado. Ambiciosa, y de humor variable, tuvo una intervención constante en la política a partir del dominio que ejercía sobre su esposo. Junto a ella, intervinieron en la política una serie de personajes de su entorno que se hicieron enormemente odiosos a los ojos de los españoles: personal de la corte palatina, su secretario y su confesor.

Aquí terminamos la presente entrada. Los últimos años del reinado de Carlos II, y el problema de la sucesión lo vamos a dejar para la próxima, ya que serán temas tratados con más profundidad, puesto que de ellos se devendrá la guerra de sucesión española.


¡Feliz Martes! - Hacer historia, aprehender la historia, aprendes la historia
27/Septiembre/2016

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Hª EDAD MODERNA de España: el reinado de Felipe IV (1621-1665). Pérdida de la hegemonía y ruina social, económica y militar (1643-1665)

En la presente entrada continuamos con el reinado de Felipe IV. Continuamos viendo sus actuaciones tras el abandono del conde duque de Olivares el 17 de enero de 1643, fecha en que recibió licencia para retirarse, y Felipe IV marchó a El Escorial a unas jornadas de asueto. El rey con la destitución de Olivares decidió tomar el mando y tratar a sus ministros por igual. La destitución de Olivares fue muy sonada tanto en la Corte y medios diplomáticos como en la calle, y se abría una nueva etapa en la que, según todos los indicios, Felipe IV iba a desempeñar auténticamente su función de piloto de la nave del Estado. 


1. La caída de Olivares y la lucha por el poder


Felipe se mostró enseguida muy activo en el despacho de los asuntos y de nuevo asequible para los grandes nobles. La caída del valido no fue seguida por una renovación realmente importante de altos cargos del gobierno, sólo hubo dos víctimas claras: Diego de Castejón, presidente el Consejo de Castilla, que fue destituido por Juan de Chumacero, y el aragonés Jerónimo de Villanueva, uno de los colaboradores de Olivares, que fue apartado de su cargo de protonotario del Consejo de Aragón. La destitución de Villanueva tuvo un significado político, porque iba dirigida a recuperar la confianza de los dirigentes catalanes. También los puestos de confesor real y de Inquisidor General cambiaron de titular, y los nuevos nombrados ya no pertenecían al círculo de Olivares. Pero algunos hombres de Olivares conservaron sus cargos o desempeñaban otros, por ejemplo: José González, adquirió mayor peso y llegaría a ser presidente del Consejo de Hacienda en 1647.
Felipe IV en 1627 - Imagen de dominio público
Deseosos de que la caída del conde fuese completa. Los aposentos que ocupaba Olivares en palacio fueron acondicionados para el príncipe heredero, Don Baltasar Carlos (con 14 años de edad), y su biblioteca privada fue retirada y embalada. Algunos nobles de la poderosa casa de Alba, salieron del confinamiento en que Olivares los había tenido, al igual que Francisco Quevedo, encarcelado en el convento de San Marcos de León. 
El enfado por un texto titulado Nicandro que defendía la obra del gobierno de Olivares, produjo presiones de la alta aristocracia sobre el Rey que lograron que a Gaspar lo desterrasen a Toro y su esposa e hijos salieran de palacio. La caída de Olivares dejó un claro vacío de poder. Nobles y ministros pretendían llenarlo, pero fueron frenados por el Rey, que decidió ocuparse personalmente de la monarquía. 

No hubo cambios en Política exterior: el rey quería alcanzar la paz con Francia y parecía verse favorecido por el fallecimiento de Luis XIII de Francia, en Mayo de 1643. Aunque por otra parte tuvo también lugar la severa derrota de los tercios españoles en Rocroi frente a Fracia, lo cual daba una clara ventaja a Francia, y alejaba la paz. Pero por otra parte, el hecho de que Francia entrara en una minoría de edad (Luis XIV aún tenía 5 años), y de que la regente fuera la reina viuda Ana de Austria, hermana de Felipe, permitía pensar en un apreciable cambio de clima entre ambas potencias, pero no fue así, y Francia siguió en guerra contra las fuerzas españolas. Tampoco iba a llegar enseguida la paz con las Provincias Unidas. 


2. Política interior y económica de Felipe IV


El cambio de gobierno fue más palpable en la Política interior. Se llevó a cabo la revisión del sistema de juntas impuesto por Olivares para tomar decisiones en lugar de hacerlo en los Consejos Supremos, con dos objetivos: hacer más ejecutivo el gobierno y escapar de los intereses creados por la clase burocrática que había anidado en ellos. Tras la caída de Olivares, para la revisión y eventual supresión de las juntas, se erigió una nueva, la Junta de Reformación de Juntas en 1634, encargada de coordinar la abolición de las existentes y reintegrar sus funciones a los Consejos correspondientes. Juntas muy características del régimen de Olivares fueron suprimidas, pero se conservó la de la Armada, por deseo del Rey, y se erigió otra, la de Conciencia, que reflejaba a Felipe IV deseoso de moralizar la vida propia y la de sus súbditos. Se vivió un ambiente de reforma moral, con supresión de comedias
Pero no hubo ningún proceso a Olivares ni a sus colaboradores. En el otro punto fundamental de la política exterior, las rebeliones de Cataluña y Portugal, no hubo mayores cambios, se mantuvo la postura de dar prioridad a la recuperación de Cataluña frente a la de Portugal. Felipe IV acudió por segunda vez a Zaragoza para dirigir desde allí la campaña de 1643. Y aprovechó para aplicar su propósito de lograr un reparto y equilibrio de poderes entre personas u grupos de su entorno. Por ejemplo el grupo familiar y político Haro-Castrillo seguía teniendo poder pero su posición no era dominante. 

Los rasgos de Olivares y de su régimen hacen de la primera mitad del reinado de Felipe IV, un periodo bien definido. En cambio, la segunda mitad, sigue siendo uno de los periodos menos conocidos de la historia política de la España moderna. Los problemas seguían siendo los mismos y los remedios disponibles no diferían apenas de los anteriores. Algunos rasgos en política interior que caracterizarían a buena parte de esta segunda etapa del reinado serían los siguientes
  • Recuperación de la influencia de la aristocracia en la alta política, la “huelga de grandes” había sido decisiva en la caída del Conde Duque. 
  • Reparto y equilibrio de poderes entre el círculo de altos ministros y facciones.
  • Recuperación por el Rey de la dispensa de mercedes y favores, dispensa que se consideraba que había sido usurpada en gran medida por el valido Olivares. 
  • Vuelta al sistema polisinodial, y recuperación de la influencia de la burocracia tradicional.
  • Nueva afirmación de la ortodoxia religiosa, tras a aproximación fomentada por Olivares a los grupos financieros conversos portugueses. 
En conjunto parecía perfilarse a una vuelta a modos tradicionales de gobierno, vuelta que era fruto de la doble reacción nobiliaria y conciliar producida por un nuevo aire constitucionalista en la Corte. 

En la política financiera quiso establecerse un nuevo estilo. Al poco de proclamar su voluntad de dirigir personalmente los destinos de la Monarquía, Felipe IV encargó un informe sobre sus rentas, al tiempo que se ponía en marcha una investigación sobre el Medio General posterior a la suspensión de pagos de 1627. La supresión de la venta de oficios, la de la venta de baldíos y la retirada de la circulación de la moneda resultante de la drástica baja del vellón, aplicada en 1642, fueron medidas que corroboraron la voluntad de saneamiento. 
Los responsables de la Hacienda Real eran consientes del problema del aparato fiscal español. Los súbditos castellanos y napolitanos, estaban sometidos a una fortísima carga fiscal, pero el tesoro, en cambio, ingresaba pequeñas cantidades debido a las figuras impositivas y sus correspondientes agentes recaudadores. Una contribución única, con Olivares en 1632, en forma de impuesto sobre la sal, hubo de ser retirada, y ahora volvía a aparecer como la panacea de tantos males, de ella se seguiría discutiendo durante varios años, dentro y fuera de las Cortes de Castilla. 

Pero las premuras fiscales hicieron que un par de años después volviera a practicarse la venta de baldíos. No hubo manipulaciones de moneda hasta 1651, y la Corona no intentó pedir una nueva exacción general a Castilla durante trece años. En su lugar, se recurrió a la perpetuación y capitalización de los impuestos vigentes mediante la venta de juros sobre ellos, obligatoria cuando fue necesario. Cuando Felipe IV hubo regresado a Madrid de su segunda jornada a Zaragoza, el jesuita Agustín Castro, miembro de la Junta de Conciencia, pronunció un sermón en el que animó a declarar oficialmente quién detentaba el valimiento, pero el Rey le reconvino por ello. Sonaban nombres pero ninguno se confirmaba, el marqués Medina de las Torres, Luis de Haro o su hijo natural don Juan José de Austria. 


3. La guerra en Cataluña, el problema del heredero y el nuevo "valido"


Desde su ida a Zaragoza desde su año anterior (1643), Felipe IV había entablado trato y amistad con sor María de Ágreda, superiora del convento carmelita de esa población castellana. Rey y monja mantuvieron una copiosa correspondencia, que se prolongó hasta la muerte de ambos en 1665. No puede considerarse que, a través de la misma, sor María ejerciera una influencia concreta ni directa en la política gubernativa, pero su insistencia en lograr la paz con la católica Francia y en evitar que la confianza real quedará depositada en un único gran ministro no debió dejar de surtir efectos. 

El año de 1644 fue un año bueno para Felipe IV, a pesar de que falleció la reina doña Isabel, el papa Urbano VIII, partidario de Francia, también murió, y además en julio las tropas reales tomaron la ciudad de Lérida, que fue la primera victoria en armas de Felipe IV en el frente catalán. Allí entró el rey y renovó el juramento de los derechos y constituciones de Cataluña que hiciera al inicio de su reinado. Se trataba de un acto cargado de significado para una población catalana que estaba sintiendo el creciente peso fiscal y político de la administración militar de los virreyes franceses que, desde Barcelona, cumplían los dictados de Mazarino (cardenal italiano, político al servicio de Francia). Lérida resistiría varias contraofensivas francesas en los años siguientes, lo cual marcó un cierto equilibrio militar y territorial en la guerra. 
En cambio, el frente portugués se saldó con una derrota, ya que se produjo la victoria portuguesa de Montijo en 1644, victoria que aseguró las perspectivas inmediatas independentistas del Portugal bragancista. 
Los problemas políticos internos crecían en el Principado catalán con un gran descontento hacia el gobierno francés. Sectores eclesiásticos protestaron contra los alojamientos y otras medidas, y fueron muchos los clérigos y obispos castigados con el destierro. Pese a la concesión de señoríos confiscados a nobles filipistas y un amplio reparto de títulos de pequeña nobleza, disminuían los apoyos catalanes a lo que se había convertido, de hecho, en ocupación militar francesa. En 1645 y 1646 Felipe IV celebró las Cortes en Valencia, Aragón y Navarra. 
También estos tres reinos sufrían la movilización militar, en 1643, Zaragoza se vio sacudida por un grave levantamiento popular contra un contingente de soldados alojados en las afueras de la ciudad. La motivación de estas Cortes era fiscal, también tenían un sentido político de recabar el apoyo de los reinos, además del objetivo dinástico de proceder a la jura del príncipe Baltasar Carlos, que ya había sido jurado por las Cortes castellanas en 1632. 

Las Cortes en Aragón adoptaron notables medidas de reforma económica contra la competencia manufacturera y los inmigrantes galos, y de integración de las élites aragonesas en la Monarquía como la reserva de plazas en los tribunales. El fallecimiento en Zaragoza en 1646 del príncipe Baltasar Carlos a causa de la viruela con casi 17 años creó una crisis en la dinastía, debido a que Felipe IV quedaba viudo y sin heredero varón, aunque tenía una hija, la infanta María Teresa, de 8 años, futura esposa de Luis XIV. El infante don Baltasar Carlos era el único miembro varón vivo de los Austrias españoles. 
Ante la urgencia de conseguir un heredero, y pese a la negativa del Consejo de Estado, Felipe IV manifestó a su regreso a Madrid su propósito de casar con Mariana de Austria, sobrina suya e hija del emperador Fernando III, que estaba comprometida con su hijo fallecido, y así lo hizo en 1648. Su hijo natural don Juan José de Austria se estableció en la corte aunque no pudiera heredar el reino por su condición de no nacido de una relación matrimonial.
Baltazar Carlos de Austria - Imagen de dominio público
Pero pronto surgiría la figura de otro valido, o casi valido, ya que Felipe IV empezaba a verse abrumado por los asuntos de gobierno. Así en 1647 Felipe IV entregó a don Luis de Haro (sobrino del Conde-Duque) las llaves del Despacho Universal y le autorizó a celebrar reuniones de la Junta de Estado en su casa. El Rey hizo partícipe a sor María de Ágreda de las razones de su resolución: tras reiterar su voluntad de cumplir con las obligaciones de su cargo, evocó la memoria de Felipe II quién, recordó, no dejó de tomar ministros de confianza, aunque reservándose siempre la última palabra, práctica que ahora también habría de ayudarle a él, máxime cuando era necesario combinar celeridad y eficacia en las tareas de gobierno. 
Es común en la historiografía reconocer a Luis Méndez de Haro como el sucesor del Conde-Duque en el valimiento, pero éste presentaba limitaciones. Su trato amable y modales comedidos, tan distintos a los de su tío, hicieron que nunca llegara a ejercer el puesto con la misma pasión y autoridad ni de modo tan omnipresente. Pese a sus títulos nobiliarios, siguió siendo conocido simplemente como don Luis de Haro. Más que valido, Haro fue promovido a primus inter pares (el primero entre iguales) entre los ministros, y entre 1647-1649 Felipe IV acabó por estructurar una pauta de gobierno en la que él era el vértice del gobierno, secundado, en delicado equilibrio, por el propio Haro y el duque Medina de las Torres.
Medina de las Torres controló el acceso al Rey mientras Haro no vivía en el Alcázar ni ejercía función cortesana ninguna. El campo de Haro era la política propiamente dicha, y dirigía la Junta de Estado, que actuaba como principal órgano ministerial, pero no pertenecía al Consejo de Estado. Medina de las Torres pertenecía al Consejo de Estado, Aragón, Italia e Indias, desde los que pudo tejer toda una red de influencias, pero fue excluido de la Junta. Durante las negociaciones con Francia que conduciría a la paz de los Pirineos de 1659, Felipe llamó a Haro “primer y principal ministro”, con el objetivo de negociador, pero no parece que este título tuviera repercusiones efectivas en sus competencias en el gobierno interior. 

En 1647 empezó con estos pasos la configuración del núcleo de gobierno. Cuando el Rey regresó a Madrid acompañado de los restos mortales de su hijo, las Cortes de Castilla se hallaban reunidas. Los temas de estas Cortes eran los de siempre: la ayuda económica que el Rey reclamaba para sus incesantes apremios financieros y militares. En 1647 estallaron sublevaciones anti-señoriales en varias localidades andaluzas, la más importante en Lucena donde la gente pegó fuego a los registros y a las pilas de papel sellado en la que iba a ser la primera de una larga serie de alteraciones andaluzas. 
En el frente diplomático prosperaban las negociaciones de paz con los rebeldes holandeses entabladas en la ciudad alemana de Münster hacía ya un año y medio, en el seno de la que habría de ser paz general de Westfalia, y también en enero de 1647 se llegó a un acuerdo a resultas del cual cesaron las hostilidades y las sanciones económicas. 


4. La oleada de rebeliones. Las paces (1647-1659) 


Las Cortes de Castilla se habían iniciado a principios de 1646 debatiendo sobre la naturaleza decisiva o meramente consultiva de los poderes que las ciudades debían otorgar a sus procuradores. Los reunidos compartían un objetivo, encontrar procedimientos que permitieran aliviar a los súbditos sin merma de los ingresos de la Hacienda Real, discutieron varios proyectos y arbitrios, el más destacado era el de Jacinto Alcázar Arriaza, que propugnaba una Contribución Única. También se debatió acerca de un impuesto sobre la harina pero no se llevaron a efecto ninguno de los dos proyectos, pero seguía en el ambiente la confianza de que conseguir el doble objetivo de rebajar las cargas impositivas sin merma de la recaudación fiscal, lo cual no era una quimera en tanto que se lograra combatir el fraude.
En 1647 las Cortes acordaron la prórroga de los servicios y concluyeron sus sesiones, entonces la Corona decidió la integración de la Comisión de Millones en el Consejo de Hacienda aunque las protestas lo diferirían hasta 1658. 

Las condiciones climatológicas venían empeorando: fríos, lluvias torrenciales y sequías se alternaron para provocar cosechas escuálidas, dificultades de transporte y abastecimiento, escasez de alimentos y las carestías consiguientes. Al sumarse esto a la presión fiscal existente y a la oligarquización más o menos intensa de los gobiernos municipales, confluían todos los factores para una coyuntura propicia a los levantamientos populares. Esto ocurrió en los años 1647 y 1648, en los cuales la agitación social no paraba de extenderse, una segunda oleada de sublevaciones, con el afianzamiento inicial de los levantamientos catalán y portugués. La mayoría tenía causas y objetivos sociales y económicos, y respondían ante todo a la tipología de motines de subsistencia, pero no faltaron los factores políticos. El grito popular era “¡viva el Rey y muera el mal gobierno! Todo ello coincide con la crisis del siglo XVII que afectó a los países europeos. A los dominios hispánicos y a la propia España. 
Valencia sufría un estado de tensión y agitación en 1646, al igual que Aragón que tenía un gran esfuerzo económico y humano en la guerra con Cataluña, aunque entorpecido por el bandolerismo. El Consell General se encontraba dividido en facciones y esto suponía una fuerte inestabilidad. Además ocurría que las presiones fiscales daban lugar a concejos abiertos y a asambleas más amplias que significaban un notable soplo de participación popular. La tensión se apaciguó al restablecerse la insaculación a mediados de 1647. 


A) REVUELTAS INICIADAS EN 1647
A todo ello se sumo la peste, una epidemia cuyos primeros brotes fueron detectados en Valencia, en 1647, procedente de Argelia, asolando gran parte del Levante peninsular y Andalucía hasta 1652. Es posible que la peste frenara los levantamientos populares porque provocaba una dislocación social y espiritual. Significó sin duda un trágico aumento de las penalidades sufridas por la población. Por ejemplo Valencia perdió unos 11.000 de sus 50.000 habitantes. Los españoles ya tenían experiencia con la peste y tanto médicos como las autoridades hicieron notables aportaciones al conocimiento europeo sobre la materia, siempre de tipo experimental. 
El reguero de muerte y dislocación económica dejado por las pestes no haría sino minar las posibilidades financieras futuras de la Corona. En 1647, la revuelta estallará en Palermo, capital de Sicilia, su motivo era acabar con el bajo precio a que se vendía el pan, querían que su precio se correspondiera con su coste. El virrey aplicó la orden a regañadientes, al día siguiente se produjo una manifestación en el Ayuntamiento, y por la noche la multitud forzó la apertura de la prisión, poniendo en libertad a un millar de presos y, como en Lucena, quemaron los registros fiscales. El virrey retiró la orden sobre el pan, suprimió la gabela que gravaba alimentos básicos y perdonó a los instigadores del levantamiento. 

En Nápoles los motivos eran los mismos, las autoridades suprimieron los festejos del 24 de junio de 1647, día de San Juan, pero no los de la festividad de la Virgen del Carmen, que se celebraba el 7 y el 16 de julio. Las fiestas populares incluían una batalla ritual en la plaza del Mercado entre dos grupos de jóvenes, y esto proporcionó, el día 7, la ocasión para el inicio de los tumultos. Dado que la guarnición de la ciudad había sido mandada a Milán, el virrey, abolió los impuestos sobre los alimentos fijados e hizo concesiones parecidas a las de Sicilia. El levantamiento napolitano no había sido sólo popular, sino que había estado precedido por una creciente tensión jurídico constitucional. 
La Francia de Mazarino se hallaba en fase de expansión militar y territorial, además de su despliegue en el frente catalano-aragonés, los ejércitos franceses habían obtenido en 1645 unas victorias en la zona del Rin, el mismo año había penetrado en la península italiana, donde intervinieron en la guerra civil de Saboya atacando a Génova y Milán, y en 1646 tomaron unos presidios españoles. Al cardenal se le presentaba ahora una oportunidad para hacerse con el reino de Nápoles, por ello, destinó tropas para ayudar a los rebeldes napolitanos. En las sombras, la ciudad de Nápoles entre octubre de 1647 y abril del año siguiente, y sin que el virrey dejara de residir en el palacio real, llegó a practicar una forma de gobierno republicano, gobierno que no fructificó a causa de la coyuntura bélica (y de la inadecuación de sus instituciones y de las fuertes tensiones internas entre los distintos grupos sociales de la ciudad). En 1648, Juan José de Austria, hijo del rey Felipe, al mando de una armada, puso fin a la república y a la sublevación, y Nápoles volvió a la situación política-institucional anterior.
Moneda de la República de Nápoles
(Autor foto: Sailko Fuente: wikipedia)
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La situación en España parecía atravesar un cierto respiro durante parte de 1647. Tras el levantamiento de Lucena a principios de año, se habían producido otros levantamientos anti señoriales en la Andalucía central, pero no fueron a más. El 1 de octubre, Felipe IV declaró una suspensión de pagos, pretendía diferir el pago de la deuda en términos ventajosos que permitieran obtener recursos para un esfuerzo bélico especial con vistas a las negociaciones de paz en Münster. En junio un poderoso ejército francés fue derrotado en Lérida, aunque poco después otras tropas tomaban Tortosa, un fracaso francés fue decisivo tanto en términos militares como políticos. La derrota en Lérida desató rencillas y acusaciones entre el príncipe y el cardenal, que empujaron al primero a alinearse en la oposición al valido y en la Fronda. 


B) REVUELTAS DE 1648
En enero de 1648 quedó ajustado el tratado con las Provincias Unidas en Münster, dentro de la Paz de Westfalia que puso término a la guerra de los Treinta Años. Para la Monarquía española significó el reconocimiento oficial de la independencia de las Provincias Unidas y, por lo tanto, el final de una guerra que había empezado como rebelión calvinista 80 años atrás. Felipe IV les reconocía las plazas conquistadas en Brasil, pero quedaron pendientes el comercio ilegal holandés, el tráfico de esclavos con América o la explotación de las minas de sal de Venezuela. Un éxito de la diplomacia de Felipe IV en Münster fue que las potencias allí reunidas no concedieron a los delegados enviados por Cataluña y Portugal el rango que éstos reclamaban. La derrota española ante el ejército francés en Lens en agosto de 1648, aseguró la continuidad de la guerra entre París y Madrid, y Cromwell iba pronto a hacer sentir su presencia en la escena internacional.
Firma del tratado de Münster entre los contendientes de la guerra de los 30 años - Imagen de dominio público
Las alteraciones andaluzas se reanudaron en febrero de 1648, a causa de la peste y se prolongaron con intensidad variable hasta 1652. Eran de carácter urbano, sus motivos eran las dificultades de sectores manufacturados y artesanales, además de la carestía y de los efectos de las alteraciones monetarias. Las tres grandes ciudades Granada, Córdoba y Sevilla, vivieron conmociones apaciguadas mediante la destitución del corregidor de turno y su sustitución por algún prohombre local bien considerado. 
El motín más grave tuvo lugar en Sevilla con enfrentamientos armados dejando un centenar de muertos, pero el Rey concedió diversos perdones. En Córdoba la buena cosecha y la llegada de la flota de Indias, ayudaron a la pacificación. En los motines andaluces la gente gritaba “Viva el Rey y muera el mal gobierno”, pero el miedo al contagio revolucionario a otras zonas se mantuvo hasta 1652. 

En 1648, tuvieron lugar sonados encarcelamientos en Madrid, como el del duque de Híjar, un cortesano ansioso por recuperar el favor del Rey desde el mimo momento de la caída de Olivares que tramó una conspiración: una paz con los franceses negociada al margen del valido, para desacreditarlo, una entrega de Navarra y el Ampurdán a Francia a cambio de ayuda para proclamar a Híjar rey de un Aragón independiente, y tratos con Juan IV de Portugal en los que la pieza del intercambio sería Galicia. Un plan extraño por el que el duque y sus socios de la Diputación de Aragón acabaron en la cárcel. 
En Castilla no había habido conjuras nobiliarias, aunque existiera un gran malestar por la presión fiscal. Un contraste claro con Francia, donde La Fronda comportó una disminución de la presión militar francesa sobre sus vecinos y supuso un respiro para España. En ella el príncipe de Condé se pasa a las tropas españolas logrando importantes victorias. Sin embargo, estando Olivares y Richelieu tan necesitados de paz, no la buscaron, sino que volvieron sus miras a Inglaterra como posible aliada. 


C) LA SITUACIÓN INTERNACIONAL CON FRANCIA E INGLATERRA
¿De parte de quién se pondría Inglaterra? Pues en enero de 1649 Carlos I Estuardo fue decapitado y Oliver Cromwell irrumpió en la escena internacional. Cuando la noticia de la ejecución de Carlos I llegó a Madrid, las Cortes de Castilla se hallaban otra vez reunidas y el gobierno español intentaba sacar el máximo provecho de las circunstancias con un importante aporte económico. Sin embargo las Cortes no acordaron nada sustancioso y las tropas españolas no lograron ningún progreso apreciable. Tras numerosos debates sobre la contribución única al final prorrogaron los servicios existentes y sus sesiones hasta abril del año siguiente. 

En 1650 murió Guillermo I, estatúder de las Provincias Unidas, partidario de reanudar las hostilidades contra la Monarquía española, lo que facilitó la continuidad del acercamiento hispano-neerlandés. Ese año tropas españolas recuperaron los presidios italianos perdidos en 1646 y en 1652, además de tres plazas de suma importancia: Dunkerque, tomada por Francia cuatro años atrás; la fortaleza de Casale, el Monferrato que había permanecido en manos francesas desde 1628; y Barcelona. 
Si en 1626, fue un annus mirabilis que representaba al joven Felipe iniciando su régimen con Olivares, este segundo puso de relieve los escondidos recursos humanos, militares y financieros de una Monarquía española cuya decadencia, aunque ya visible, no era, ni mucho menos, completa ni irreversible. 

Barcelona, afectada por la peste, y estando su población descontenta por el gobierno francés, fue sitiada en 1651 por tierra y mar al mando de don Juan José de Austria, que tras su éxito en Nápoles volvió de Sicilia como virrey para recuperar Barcelona. La situación política de la ciudad se había ido deteriorando conforme los virreyes franceses perdían apoyos sociales aunque contaban con el apoyo popular al conceder a los artesanos plaza en el ayuntamiento. En 1652 el nuevo virrey, mariscal de La Mothe, logró entrar en la ciudad pero diversas poblaciones se habían declarado a favor de Felipe IV y la mayoría de barceloneses, castigados por el hambre, buscaron también una solución pacífica. 
Se intentó buscar una solución pacífica y don Juan José de Austria negoció con amplios poderes, el cual otorgando un perdón general y asegurando la observancia de las leyes y constituciones catalanas logró entrar en la ciudad en 1652. El rey se manifestó magnánimo y mantuvo los privilegios de Barcelona y las Leyes del Principado, aunque como concesión ex novo, con pequeños cambios, sobre todo a las insaculaciones del Consell de Cent y de la Diputación del General que le permitían supervisar los sorteables. La parte de Cataluña que permanecía bajo soberanía francesa siguió mayoritariamente el camino de Barcelona y un año después las tropas españolas recuperaban Gerona (1653). Hubo contraofensivas francesas y no faltaron fricciones entre los mandos militares y las autoridades locales, pero al poco tiempo sólo subsistían algunos núcleos pro franceses y ciertas partidas de miquelet que actuaban por la zona pirenaica, en Rosas y en el Rosellón. Los más significados de la Cataluña borbónica se reagruparon en Perpiñán e integraron la Diputación del General y los otros tribunales catalanes que Luis XIV ordenó levantar como muestra de comunidad institucional. En 1652 el balance de la guerra franco-española iniciada en 1635 era de tablas

España vencería a Francia en Rocroi (1654), Pavía 1655 y Valenciennes, Flandes (1656) con el general francés Condé, mientras que Mazarino consiguió la alianza con la Inglaterra de Cromwell, vencedor de la guerra anglo-holandesa, que en 1655 conquista Jamaica. Pero también intentó el cardenal italiano Mazarino al servicio de Francia un acercamiento a España, aunque sin éxito, por no aceptarse la boda con la que se quería sellar la paz: Luis XIV con la princesa heredera María Teresa, ni aceptarse la restitución de Condé en el otro lado tras su intervención en la Fronda. 

Felipe IV se encontraba enzarzado en una guerra con Francia, con Inglaterra y con la rebelión de uno de sus dominios, Portugal de manera similar a la de Felipe II. Además carecía de aliados firmes y no podía contar con el apoyo de los Habsburgo de Viena, neutralizado en la paz de Westfalia, ni con Génova que se inclinó temporalmente hacia Francia. 
Desde la perspectiva española, era necesario aislar a Portugal, pero Londres y París se encargaron de impedirlo pactando entre ellas y con Portugal. Tras el ataque de Jamaica, Felipe IV había reconocido a Carlos II Estuardo como rey de Inglaterra aunque estuviera exiliado en el continente y asentado en Bruselas. 

Los años 1657 y 1658 arrojaron un balance negativo para la Monarquía española, hubo ataques ingleses en el Caribe y Cádiz, y se destruyó la flota de Indias con graves daños en el comercio americano. En cuanto a Portugal, el conflicto llevaba varios años con escasa actividad bélica, pero se reabrió al caer Barcelona, aunque Felipe IV salió peor parado. 
Se volvía a hablar de paz entre España y Francia, más cuando la situación dinástica de Felipe IV había mejorado en gran medida con el nacimiento a finales de 1657 del príncipe Felipe Próspero y un año después, de Fernando Tomás, lo que despejaba la cuestión de la boda francesa de la infanta María Teresa. En mayo de 1659 cesaron las hostilidades y al mes siguiente Mazarino y don Antonio de Pimentel prepararon en París un amplio acuerdo preliminar para las negociaciones formales en la isla de los Faisanes donde ya se habían celebrado importantes acuerdos dinásticos franco-españoles en 1526, 1565 y 1615.
Tratado de los Pirineos, vemos la entrevista en la isla de los faisanes entre Luis XIV y Felipe IV - Imagen de dominio público
Haro y Mazarino negociaron la paz de los Pirineos, que sancionaba el ascenso de la Francia de Luis XIV hacia la hegemonía en el continente, pero no fue una paz impuesta ni desequilibrada, sino que resultó honrosa para Felipe IV y sus súbditos. Felipe entregó la mano de su hija María Teresa a su sobrino Luis XIV y éste aceptó la reintegración plena de Condé. 
En el aspecto territorial la monarquía española cedió el Artois y el Rosellón y parte de la Cerdeña, mientras que los franceses entregaron Rosas y fijaron la frontera de Cataluña en la línea de las cumbres y divisorias de las aguas, la cual se mantendría en los Tratados de Bayona de 1866 y 1868 y no ha sufrido cambios desde entonces. En los aspectos comerciales salió vencedora Francia, obteniendo ventajas que facilitaron la penetración de productos manufacturados franceses en los mercados catalán y español


5. La independencia de Portugal 


El enlace matrimonial entre Luis XIV y la infanta María Teresa se celebró en la misma isla de los Faisanes, el 9 de junio de 1660, al que acudieron ambas familias y ambos validos. Quedó estipulado que María Teresa renunciaba a sus derechos sucesorios a la Corona española y aportaría una dote de 500.000 ducados de oro que Felipe IV no pudo pagar. 
En 1660 se produjo la restauración de Carlos II Estuardo en el trono británico, se posibilitaba un acuerdo que renovara el tratado de Londres de 1630 y recuperara Jamaica y Dunkerque para España. Pero no fue así, porque Carlos II de Inglaterra se inclinó hacia Portugal, alianza sellada en 1661 mediante el enlace con Catalina de Bragança, hermana de Alfonso VI, que aportó como dote Tánger y Bombay. Una guerra de baja intensidad siguió enfrentando a las monarquías española y británica pero con un decisivo apoyo británico a Portugal, al que se añadió el más encubierto apoyo francés. 

Felipe IV sólo contemplaba una recuperación completa de Portugal, y con este objetivo había transigido en la Paz de los Pirineos. Y en 1658, había dado un paso para atraerse el apoyo de los portugueses: restauró el Consejo de Portugal, que había sido suprimido por Olivares en 1639 y sustituido por varias juntas. 
A principios de 1661 murió Luis de Haro de forma inesperada, quien prestaba a Felipe no sólo una ayuda muy valiosa sino también esa sensación de confianza en sí mismo que el Rey no siempre tenía y que sus muchas tribulaciones familiares, espirituales y políticas iban minando. También murió el cardenal Mazarino en 1661, con ambos desaparecía la figura del valimiento, pero Luis XIV aprovechó las circunstancias para tomar el poder de forma directa, mientras Felipe IV no promovió a ningún otro ministro con rango diferenciado. 

En Portugal confluían los desvelos de Felipe IV, quería recuperar el reino lusitano y dejar solucionada esa cuestión patrimonial a su sucesor. El nacimiento del que sería Carlos II, en noviembre de 1661, evitaba otra crisis dinástica pues poco antes habían fallecido Felipe Próspero, con 4 años, y Fernando Tomás, tras cumplir su primer año. Para obtener los fondos necesarios de la nueva campaña portuguesa, se procedió a acuñar la llamada moneda ligada, vellón con un poco más de plata, y a una nueva suspensión de pagos en 1663, la cuarta, operaciones parecidas a las que habían permitido financiar el esfuerzo militar de la toma de Barcelona en 1652. 
Así se reunió en 1663 un ejército de empaque estimable, con don Juan José de Austria como general supremo que consiguió el importante éxito de Évora, éxito que fue seguido de numerosos y estrepitosísimos fracasos militares, siendo el mejor ejemplo de ello la batalla de Castelo Rodrigo en 1664 (donde Portugal solo tuvo un muerto en batalla, frente a miles de bajas españolas) o la de Villaviciosa en 1665 (donde las bajas españolas octuplicaban a las portuguesas). El fracaso de Portugal fue el resultado de la situación de aguda debilidad a la que la Monarquía española había llegado, sus recursos demográficos y económicos se encontraban al borde del agotamiento y el sistema hacendístico estaba desquiciado, tras cuatro suspensiones y varias alteraciones monetarias. Incluso parecía faltar la capacidad táctica de sus generales. Además, la continuidad dinástica pendía de un hilo porque Carlos II no había cumplido cuatro años de edad. 

Durante los preparativos de la campaña de 1665, Felipe IV había admitido la conveniencia de llegar a una negociación decente y decorosa con Portugal por intermediación del embajador británico en Madrid. Pero este año de 1665 la muerte alcanzó a Felipe IV, y fue el duque de Medina Torres quien firmó un tratado de amistad con Gran Bretaña en el que se contemplaba una tregua de treinta años entre España y Portugal. La paz plena se fijó en 1668, y por ella Portugal obtenía la independencia junto a su vasto imperio colonial, mientras que la plaza de Ceuta quedó bajo la soberanía española, ya que Ceuta siempre se mantuvo al lado de España desde 1640, a pesar de ser una ciudad portuguesa (esto le valió a Ceuta el título de fidelísima). Concluía así con este tratado la llamada Guerra de Restauración Portuguesa, siendo Alfonso VI ya rey indiscutible de Portugal en esos momentos.
La ciudad de Ceuta - Imagen de dominio público
La solución finalmente alcanzada por Portugal resumía la tónica de buena parte del reinado: recoger un resultado negativo del que había intentado escapar a lo largo de años y de esfuerzos de todo tipo. El resultado global consistía en repliegue y pérdida de hegemonía, frente a ello el título de Felipe el Grande que la adulación cortesana le asignó al calor de los éxitos al inicio de su reinado. Aunque con perspectiva histórica, bien puede decirse que fue grande más bien por lo que supo conservar en ambos hemisferios, pues tan notorio como la larga lista de alteraciones y rebeliones en los dominios hispánicos, es el hecho de que muy pocas de ellas desembocaran en revolución o en separación. 
Se pagó un alto precio: el repliegue exterior y del empobrecimiento interior, Felipe IV hubo de reinar sobre una incontestable pérdida de la hegemonía española aunque otra cosa fueran los logros culturales de la época. Sin embargo, lo más agudo de la decadencia estaba por llegar, ya que sería el siglo XVIII el siglo que se abriría con grandísimas pérdidas territoriales.

¡Feliz Jueves! - Hacer historia, aprehender la historia, aprendes la historia
22/Septiembre/2016

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